“El verdadero amor nace de la comprensión.”

-Buda

Soy una chava simpática, pelirroja, pecosa y con una sonrisa que me abre puertas que para otros permanecen cerradas. Me gusta luchar por lo que anhelo y canto bonito. Me veo en el espejo y me caigo bien. No es un arranque de soberbia ni de presunción de mi parte el que se desborda en estas líneas. Simplemente me describo con cariño, sin comprender por qué si soy una buena persona mi padre no ha querido conocerme.

Mi madre lo conoció en la escuela. Él cursaba el cuarto semestre y ella el segundo. Ambos estudiaban arquitectura. Comenzaron a salir y se dieron cuenta que tenían gustos similares. Los dos escuchaban canciones de banda a escondidas y en público de U2. Los dos amaban el cine de comedia y visitar museos de cera. A los dos les atraían los lugares desérticos llenos de cactus y tenían miedo a la oscuridad. Ante tales afinidades lo que siguió, fueron los besos y una relación que duró cuatro años y tres meses, tiempo en el que mi padre se graduó y comenzó a estudiar un posgrado mientras que mi madre terminó la universidad y se metió a trabajar a una reconocida empresa constructora de la región. Ambos originarios de Monterrey y de familias de clase media, conservadoras, que estaban felices de ese noviazgo. A mi padre comenzó a irle muy bien en el posgrado, incluso se hizo gran amigo de un profesor que era un reconocido arquitecto que daba clases por el placer de compartir sus conocimientos con los jóvenes. Lo invitó a sumarse a su equipo de talentosos arquitectos que desarrollaban proyectos en diferentes países. Mi padre comenzó a tener aspiraciones desmedidas y se veía en un futuro trabajando para grandes firmas internacionales. Mi madre por su parte y a su propio ritmo iba haciendo una carrera más modesta pero consistente. Y entonces aparecí yo en el vientre de mamá. Inesperada y sorpresiva. Mi madre se llenó de júbilo y en su corazón enamorado habitaba la seguridad que le proporcionaba un noviazgo estable de tantos años, por lo que le dio la noticia a mi papá sin temor alguno e incluso con alegría. Se topó con el hermetismo de mi padre, quien de inmediato y sin dudarlo puso sobre la mesa la posibilidad de un aborto. La desilusión se apoderó del corazón de mamá y defendió su decisión de tener a su bebé con su apoyo o sin él. Entonces mi padre desapareció para siempre.

Así de simple, y sin otra explicación distinta a que su exitoso futuro peligraba si se ataba a mi madre y se casaba, decidió irse a radicar a Panamá y diseñar maravillosos edificios que quedarse al lado de mamá a diseñar un futuro juntos.

Mi mamá se llama Victoria e hizo honor a su nombre, salió victoriosa de semejante hazaña y me ha criado sola. Tanto la familia de mi padre como la de mi madre se sorprendieron mucho de la conducta de Eugenio, mi papá. Dice mi madre que incluso mis abuelos paternos hablaron con su hijo pero nada lo hizo cambiar de opinión. Un bebé no iba a detener su vuelo. Y así ocurrió, se fue a Panamá, después a Argentina y fotografías de sus edificios comenzaron a circular por las revistas de arquitectura más reconocidas del mundo. Su nombre tomó prestigio y se fue a radicar a Europa por muchos años.

Mi madre me dio a luz un veinte de marzo a las cinco de la tarde y desde entonces se ha dedicado a amarme con todas sus fuerzas. A pesar de que siempre ha dicho que yo no he necesitado de un padre porque tengo mucha madre, debo confesar que eso no es verdad. Mi padre me ha hecho mucha falta. Mi abuelo materno usurpó el lugar de mi padre y me prodigó su tiempo y su cariño acompañándome a las juntas de la escuela y me llevaba a la escuela cada mañana. Crecí con mis abuelos maternos y mi madre, rodeada de cariño.Tuve los juguetes que anhelé de niña, y me compraron los vestidos que me gustaban. Mi cabello rojo les recordaba a mi padre y les hacía inevitable su recuerdo, ya que en la familia de mi madre no hay nadie con el cabello de ese color. Cada vez que mi padre visitaba Monterrey, mi madre tenía la esperanza de que la curiosidad lo venciera y tocara a la puerta preguntando por mí. Pero tengo veinticinco años y eso no ha sucedido hasta el momento.

No se cómo ha podido vivir sin mí. He sido una niña juguetona y poco enfermiza. Canto canciones de Miguel Bosé y de Shakira con una voz tan melodiosa que hasta he ganado concursos de canto en la escuela y he sido vocalista de un par de grupos musicales de la ciudad. Me gusta el cine francés y hablo perfectamente ese idioma. Como lo que me da la gana sin engordar, y mis ojos son los suyos. Seguro que si me conociera es lo primero que lo sorprendería, nuestro gran parecido.

He tenido que aprender karate para defenderme sola ante la ausencia de ese ser protector que me defienda de los gandallas. Hago yoga para controlar ese carácter impulsivo que me define y también soy muy amiguera. Seguro que si mi padre me conociera le caería bien. Pero no me ha buscado.

Nuestros vínculos se fueron deshaciendo con el tiempo. Mis abuelos paternos emigraron a Cuernavaca por asuntos del trabajo del abuelo y desde allá me mandaban regalos o postales. Dejaron de llegar cuando el abuelo murió y la abuela se enfermó de Alzheimer. Yo tenía quince años cuando tuve noticias de ellos por última vez. Las dos hermanas de papá que a veces me visitaban se casaron con extranjeros y una vive en Australia y la otra en Filipinas. Dejamos de buscarnos y la acumulación de los años se encargó de lo demás. La distancia y el tiempo deshacen los vínculos, pero no la nostalgia. Y siento nostalgia por mi padre aunque solo lo conozca por medio de fotografías. Algo que agradezco a mi madre es que nunca me ocultó nada. Desde que tuve edad me habló de papá, me enseñó sus fotografías y poco a poco fue contándome la verdad sobre mi origen. Mamá se casó hasta que yo cumplí dieciocho años. Tuvo muchos pretendientes pero se concentró en crear un patrimonio y en darme la seguridad económica que demandaba mi crecimiento. Hoy que la veo feliz al lado de Gustavo me siento feliz yo también. Mi madre es una mujer que admiro y a la que me encanta ver sonreír. Nunca sembró en mi corazón resentimiento alguno y me llevó de la mano por el sendero de la comprensión y la empatía, algo que deberían hacer todas las mujeres cuyas parejas abandonan a sus hijos por alguna razón. Nada que dañe el espíritu de un hijo puede ser de utilidad en su futuro, mucho menos tratándose de odios inútiles.

Cuando me preguntan si me ha dolido el abandono de mi padre no puedo mentir y decirles que no. Claro que ha dolido. Pero es un dolor acompañado de comprensión y en eso mi madre fue decisiva. No me transmitió su desilusión ni su desencanto, sino que respetó mi origen y me ha hablado siempre de mi padre como un hombre que tiene defectos y cualidades. Y así percibo al ser humano, con sus luces y sombras. Así somos todos.

Mi padre se casó hace diez años con una mujer inglesa y tiene con ella dos hijos pequeños. Radica en Berlín y dirige una firma internacional de arquitectura. Me siento orgullosa en la distancia por ser hija de un hombre tan talentoso. Si mi padre me conociera también se sentiría orgulloso de mí. No tengo la menor duda. Egresé con honores de la universidad, estudié ingeniería industrial y diseño automóviles para una firma japonesa. Soy de las más jóvenes en el grupo de inge- nieros que trabajamos en Tokio para dicha empresa. Hablo cuatro idiomas y canto en todos. Soy una joven feliz y me gusta estar viva. Qué bueno que mi madre no le hizo caso y me dio la oportunidad de existir. Si mi padre me conociera le concedería el crédito y seguro le diría: «Victoria, qué razón tenías, esta hija nuestra tenía que vivir.» Y amo mi vida, y me siento llena de amor para dar. Si mi padre un día se acerca a mí, seguro que le aviento en la cara un puñado de este amor que tengo reservado para él en mi corazón. Pero no quiere conocerme. Hace diez años lo busqué, conseguí su número telefónico y lo llamé.

-Eugenio, soy Verónica, tu hija -le dije en tono decidido pero cálido.

-Está usted equivocada, señorita, yo no tengo ninguna hija -respondió en tono inexpresivo y colgó.

Desde entonces no lo busco. No quiero forzarlo a nada. Si algún día la coincidencia se apodera de nuestros destinos y nos reúne en algún lugar del mundo ya veremos qué pasa. Yo lo añoro en la distancia y a través de los años. Mi madre me dice que tarde o temprano se dará la oportunidad y el momento adecuado para asumir nuestro vínculo. Tal vez sea en esta vida o más allá de esta vida. Mientras tanto yo no dejo de repetirle en voz baja y a lo lejos que se está perdiendo de algo maravilloso. De conocerme.

Y me gusta pensar que en lo profundo de sus sueños me imagina, que en el abismo de sus secretos habito, con mis pecas y mis cabellos rojos, enroscada entre sus venas, porque llevo su sangre. Me observo en el espejo cada mañana y susurro: «Papá, ¿cómo puedes vivir sin conocerme?»

1
Hola!
¿En que podemos ayudarte?
Powered by