Capítulo 2

Si desde antes de nacer se pudiese elegir la familia, el color de piel, los talentos, la posición social, las cualidades y los defectos, Amanda habría elegido todo diferente. Habría escogido una madre entregada al cuidado de los hijos, un par de hermanos varones mayores que la protegieran de otros chicos y que la acompañaran a los bailes de la secundaria, un padre dedicado a la contaduría con horario laboral de ocho horas para tenerlo en casa por las tardes y disfrutar su compañía sentada a su lado frente al televisor. Tal vez hubiera preferido ser bajita y regordeta. Pero el hubiera no existe y la historia de Amanda es muy distinta de la que imaginan todos los que la observan caminar por la calle. Si la belleza fuera fuego, el cuerpo de Amanda estaría envuelto en llamas. Si el pasado se clasificara por colores, el de Amanda entraría en la escala de grises. Como mientras se respire se presume de estar vivo, ella respira y finge tener una vida. Con sus largas y estilizadas piernas recorre las calles de la ciudad robándose las miradas de deseo de los varones y las miradas de envidia de otras mujeres. Sus pasos altivos, de modelo en pasarela, no denotan el dolor de sus aspiraciones truncadas ni de sus miedos crónicos. No dejan ver ese caparazón tejido con astucia para repeler los posibles aguijones que encaja una vida de carencias, ausencias y penumbras.
 Da vuelta en la calle de Donceles y ubica la dirección que le anotó su amiga Hilda en una servilleta de papel. Sube la angosta escalera hacia el tercer piso y toca en la puerta que ostenta el número 301. Es un edificio antiguo remodelado de manera suntuosa y modernista en su interior. La madera, la piedra, el cristal y el acero conviviendo en sus finos acabados. La recibe una mujer, de esas que esconden la edad detrás de un rostro inyectado con bótox, enfundada en un traje sastre azul turquesa, quien la saluda con amabilidad ensayada y la invita a pasar al amplio piso que ocupan las oficinas de una editorial.

—Eres más hermosa que en fotografía —afirma la dama señalando un sillón de piel oscura.

Amanda sonríe y deja caer su uno ochenta de estatura en el mueble; cruza sus largas piernas y con el bolso en el regazo espera instrucciones.

—Me llamo Martha. Nuestra directora editorial, la doctora Mercedes Ortiz, te atenderá en unos minutos —le dice y regresa a su escritorio.

¿Por qué aceptó ir a esa cita? Por desesperación. Por desamor. Por impulso. Porque se siente perdida y sin brújula. Porque no tiene otra puerta que tocar. Los últimos tres mil pesos que le quedaban los ha utilizado para cubrir la renta de un cuarto compartido en la colonia Narvarte, después de que Julio la corriera de su departamento. Hilda es la única amiga que conserva desde la adolescencia, y de las pocas personas de su pasado con las que mantiene contacto. No tuvo otra opción que acudir a ella buscando un consejo, una sugerencia, y ahí está. Sentada en esa oficina del centro, esperando a que alguien le explique de qué se trata la oportunidad laboral para la que, según Hilda, no existía mejor candidata que ella.

—La doctora te recibirá ahora mismo —la voz de Martha la sacó de sus airados pensamientos.

Amanda se puso de pie y siguió a la secretaria. Entró en una oficina amplia y con grandes ventanales. La apariencia de la persona detrás del escritorio le sorprende. Es una mujer mayor, sesenta, tal vez sesenta y cinco. El cabello corto, color rubio cenizo. Sobriamente vestida con blusa amarilla y saco blanco; porta un enorme anillo de plata sobre el anular de su mano izquierda. Tiene los codos sobre el escritorio y la observa con una sonrisa cálida. La saluda de mano y la invita a sentarse. Amanda se da cuenta de que tiene en su lugar varias fotografías.

—Sí, son tus fotos —le dice la doctora—; precisamente estaba viéndolas por enésima vez. Hilda ha sido muy amable en hacérmelas llegar hace un par de días.

—Espero que le hayan sido de utilidad. ¿De qué se trata el trabajo?

—¡Vaya! Pues al grano, como decimos, veo que estás impaciente por saber por qué nos hemos interesado en ti.

—Disculpe, no quise ser imprudente —responde Amanda para disculparse de su intempestiva intervención.

—Primero quiero conocerte más, ¿te parece? —continuó la doctora—. Puedes llamarme Mercedes. Si nos llegamos a entender, conmigo no necesitarás formalismos, soy doctora en derecho pero llevo muchos años dedicada a la industria editorial. Manejamos las carreras de varios escritores muy famosos, con obras traducidas a varios idiomas y galardonadas con valiosos premios.

—Pero yo no sé escribir ni tengo experiencia en nada parecido, me he dedicado a… otras actividades muy diferentes —respondió Amanda con la confusión pintada en el rostro.

—Lo sé, Hilda me comentó que te has enfocado en pasarelas y venta de ropa, pero eso no importa. Cuando escuches mi propuesta, verás que no necesitas conocimientos editoriales para colaborar con nosotros.

—Lo siento, continúe —respondió al tiempo que se preguntaba qué demonios le habría contado Hilda sobre sus actividades anteriores.

—Pues bien, tenemos un problema con uno de nuestros escritores más importantes. Sus números de ventas son altísimos. No sé si has escuchado hablar de El rumor del viento o de Calle sin esquinas, son dos novelas suyas que han reportado ventas millonarias.

—He leído La calle sin esquinas, .. ¿Agustín Montemayor?

—Augusto Montemayor, sí. Él es de quien quiero hablarte. Augusto debe entregar su próxima novela en tres meses pero ha perdido el ritmo. Tenemos ya contratos de ventas firmados por anticipado y a nuestro escritor estrella se le ha ido la inspiración. Lleva más de un año frente a la página en blanco y ha caído en un vacío creativo.

Amanda se sintió sorprendida e incómoda. No alcanzaba a digerir lo que estaba sucediendo. Pensó en lo ilusa que había sido al acudir a esa entrevista en la que se percibía fuera de lugar. Hurgó entre sus limitados conocimientos literarios intentando encontrar un comentario útil para salir bien librada del encuentro. Durante la adolescencia adquirió el hábito de la lectura gracias a la influencia de la madre de Hilda, quien la puso en contacto con obras como El diario de Ana Frank, El principito, El llano en llamas y Platero y yo. Alguna vez vio en la televisión un documental sobre la vida de Gabriel García Márquez y otro más sobre la exitosa trayectoria de Stephen King. Los dos, autores cuyos estilos eran de su agrado, pues había leído algunos de sus libros. Recordó la trama de una película en la cual un famoso escritor encuentra por azar el texto de un autor desconocido y lo publica como si hubiese sido propio. Se acordó de otro filme en el que un viejo y reconocido autor de novelas de acción se queda sin inspiración y le contratan un par de jóvenes literatos para que escriban en su lugar. Esforzándose por no parecer tan ingenua ante los ojos de la doctora preguntó:

—¿Y un “escritor fantasma”? He sabido que muchos autores los usan.

—¡Vaya que eres lista, niña! —exclamó la doctora, al tiempo que lanzaba una carcajada—. Ya le hemos planteado eso, pero Augusto preferiría abandonar la literatura antes que permitir algo semejante. Va en contra de sus principios.

Amanda escuchaba con atención; sin embargo, seguía sin entender las intenciones de su interlocutora. Sintió deseos de darle las gracias y salir de ahí de inmediato. La incomodidad del momento crecía a la par que su curiosidad. Lo primero la empujaba hacia la puerta y lo segundo la mantenía inmóvil. Sus expresivos ojos lanzaron una mirada de duda a Mercedes, quien continuó la explicación.

—Le hemos mostrado fotografías de varias chicas. Tú sabes, modelos, actrices, deportistas… de todo con tal de encontrar a alguien ideal para lo que necesita Augusto. No ha sido tarea fácil. Debes entender que lo anterior hay que llevarlo a cabo con suma discreción. Se trata de un proceso cauteloso y desesperado a la vez. Hemos presentado múltiples propuestas al artista, una labor ardua y complicada. Sin embargo, cuando miró tus fotos dijo: “La quiero a ella. Ella es la que puede desempeñar mejor el trabajo”. Por eso te hemos llamado.

A medida que Mercedes hablaba, Amanda se iba sumergiendo en el fondo de su asiento. La pregunta “¿Por qué estoy aquí?” taladraba su pensamiento. La respuesta, “porque no tengo qué comer ni otra parte a dónde ir”, regresaba su atención hacia la doctora Ortiz.

—No sé qué puedo desempeñar tan bien como cree el señor Montemayor, pero no es mi medio, no creo estar capacitada para trabajar al lado de un escritor; le agradezco su interés pero pienso que no soy la persona adecuada —dijo por fin.

—¡No digas que no tan pronto, muchacha! —replicó insistente Mercedes—, reconsidera tu respuesta. Quisiera poder decirte que te tomes tu tiempo, pero, por desgracia, el tiempo es el enemigo número uno de nuestro escritor. Te acabo de mencionar que le quedan tres escasos meses para presentar su nueva obra, y además aún no he terminado: ¿no te interesa conocer el lado económico del asunto?

—Necesito trabajo y también dinero, pero soy honesta cuando digo que no me siento a la altura de semejante tarea —señaló con firmeza Amanda, al tiempo que intentaba ponerse de pie.

—¡Siéntate! —ordenó la doctora, obligando a la chica a regresar a su lugar—. Dame unos minutos más. Lo que te propongo no implica un trabajo indecoroso o indecente. No harás nada que no quieras. Lo único que desea el escritor es convivir contigo durante tres meses. Una forma poco usual de encontrar la inspiración perdida en su vida a través de la vida de otro ser humano. Convivencia. Nada que afecte tu integridad.

Amanda respiró hondo, bajó la cabeza y observó las uñas de sus manos pintadas de nácar. Contempló sus zapatos desgastados y recorrió con su mirada el pulido piso de madera del despacho. Recuperó un gramo de audacia y expresó:

—Está bien. Permítame pensarlo por unas horas. Esta misma tarde le daré una respuesta. Pero no me diga ahora cuál es la remuneración económica. Eso quiero saberlo después de haber tomado una decisión.

—¡Trato hecho! ¡No se hable más! Anda y consulta con tus adentros; espero tu llamada.

Amanda salió de la oficina y se dirigió hacia la Torre Latino, en el Eje Central y Madero. Entró en el edificio que durante muchos años fue el más alto de la capital mexicana. Subió al mirador y desde ahí contempló la interminable urbe. Interminable como la calamidad de su existencia. No había soledad más lacerante que la que le carcomía las entrañas. Ese sentimiento de desolación constante que la acompañaba y que la hacía sentirse sola cohabitando entre millones de seres. Deambuló por las calles del Centro. Entró en el histórico Café Tacuba para comer molletes, acompañados de un vaso de agua de sandía. Sólo eso le permitían comprar los escasos pesos de su bolsa. Hubiera preferido milanesa o enchiladas, pero constituían manjares inalcanzables para su economía actual. Mientras comía, en su pensamiento se desataba una tormenta por la cual no pudo saborear los alimentos. No había querido saber cuánto ganaría por aceptar tan misterioso empleo, pues temía que su necesidad económica la orillara a aceptar una ocupación que desempeñaría sin éxito. Se sentía sin aptitudes para enredarse en tareas inherentes al mundo editorial, escenario por demás desconocido para ella. Pero su pasión por la lectura le calentaba el pecho y le insertaba un buen presagio en el corazón.

La sorprendió el crepúsculo volviendo otra vez a la agencia editorial. El rostro de la secretaria se iluminó al verla. La condujo de inmediato hacia el despacho de su jefa.

—Me da mucho gusto que hayas regresado, Amanda —le expresó satisfecha Mercedes.

—Decidí venir en lugar de llamar, he tomado una decisión.

—Te lo agradezco, estas cosas son mejores frente a frente. Dime, ¿qué has pensado?

—Acepto.

—¡Así se habla! —exclamó jubilosa la doctora—. Ahora abordaremos los detalles pendientes. Hablemos de dinero. La paga es muy buena: un millón de pesos si propicias que el escritor termine a tiempo la obra.

Dicho eso, Mercedes dejó caer su espalda sobre el respaldo del sillón y entrelazó las manos sobre su regazo, observando la reacción de Amanda.

La chica no daba crédito a lo que acababa de escuchar. Nunca hubiera esperado una oferta tan generosa. No escondió su asombro ante los ojos de Mercedes, pero recuperó la compostura suspirando profundo. Como los enfermos terminales que ven pasar su vida en un segundo antes de morir, en un instante vio transcurrir la suya. Revivió las miserias de su infancia, el hambre en su estómago y los golpes en su cuerpo. Hija de una madre alcohólica, quien la concibió en una noche de inconsciencia en Playa del Carmen, durante un romance efímero de dos días con un turista danés y del que nunca jamás tuvo noticias, Amanda creció sin conocer siquiera el nombre del forastero que la engendró. La blanca piel de la hija le recordaba a la madre lo oscuro de su pecado y se dedicó a rechazar a la criatura desde su nacimiento. En las memorias de infancia de Amanda habitaban la soledad y el abandono. Una adolescencia cruel donde no tuvo cabida la ternura ni el consejo. Una madre alcoholizada que terminó loca y que murió una madrugada de invierno dejándola con sus catorce años recién cumplidos, cobijada tan sólo por la incertidumbre. La madre de su amiga Hilda se había compadecido de ella y le ofreció asilo durante algunos meses, suficientes para que Amanda se percatara de lo que la vida le había negado: un hogar, unos padres amorosos, unos hermanos, una familia. Salió de ese hogar prestado por la amistad, llena de gratitud, a enfrentarse sola a su destino. Su belleza fue su peor compañera, no pasó mucho tiempo para que se diera cuenta de lo fácil que era subsistir viviendo de su agraciado cuerpo. Estudió la secundaria al mismo tiempo que aceptó trabajar como edecán para una marca de cerveza. Lo que llegó después de semejante decisión fue una cadena de infortunios. Una violación por parte de un empresario cuando aún no cumplía los dieciséis. El rechazo de los parientes de su madre por no querer saber nada de la bastarda. El deambular por ambientes sórdidos, viviendo de noche y durmiendo de día. Acumulando deseos de morir dentro de su joven cuerpo que, para maldición suya, emergía en su esplendor sano y vigoroso, delatando la fortaleza de sus genes. Soportaba el frío y el calor, el hambre y el cansancio. A veces no entendía por qué seguían creciendo esos senos, alargándose esas piernas y ensanchándose esos muslos si apenas probaba bocado. Tal vez tenía una comida decente a la semana, cuando la invitaba algún empresario a comer o cuando sobraban pastelillos o canapés en los eventos y podía llevar algunos a su guarida. Recordó de cuántas casas la corrieron por no pagar la renta a tiempo. Cuántas mañanas despertó en moteles de paso acompañada de un cualquiera sin nombre que la hacía sentir también como una cualquiera cuando le dejaba un par de billetes sobre el buró. Nunca trabajó en la calle ni se paró en las esquinas, pero sí intercambió su cuerpo por algo de comida, a la sorda, en lo clandestino, disfrazando de ligue o de conquista ese intercambio de sexo por compañía, en ese intento constante de toparse con aquello que los demás llaman amor. Le hubiera gustado ir a la universidad y estudiar medicina. Aspiraciones truncadas por la miseria, el abandono y la falta de rumbo.

Después vio descender de sus recuerdos la imagen de Julio. Ese hombre que le prometió darle una vida y que casi se la arrebata en el intento por cumplirle. Ese hombre casado que la convirtió en su amante, que le puso un departamento en el norte, porque la esposa vivía en el sur. Ese señor respetable que con dos tequilas se convertía en un animal rabioso, celoso y violento; ese que casi la mata a golpes una noche en que no soportó verla platicar con uno de los hermanos de su amiga Hilda, al que se encontró por casualidad. Sí, esa noche casi la mata después de golpearla en el rostro, en las piernas, en el vientre; la arrojó semidesnuda a la calle y la corrió del departamento. Amanda muchas veces se preguntó para qué había nacido, muchas veces prefirió haber sido abortada o nacer sin vida.

A ella, que la miseria y la carencia la cobijaron desde el interior del vientre materno, le estaban ofreciendo un millón de pesos por realizar una actividad inesperada y misteriosa. Se rió de las ironías del destino, y en un pequeño arrebato de dignidad recuperó un poco de confianza. Como no pudo elegir a sus padres, ni su apariencia, ni una carrera, ni sus amores, pensando menos en el millón de pesos y más en la posibilidad de elegir por primera vez algo en su vida, optó por trabajar para Augusto Montemayor y, después de cerrar el trato con un apretón de manos con Mercedes, salió de la oficina pellizcándose los brazos para confirmar que estaba despierta. Que no se trataba de un sueño.

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