Soy un cuarentón de nombre Manuel Bolaños y algo simpático —al menos eso dicen los que me conocen—. Soy gay y tuve mi primera experiencia sexual a los 21 años. Comencé tarde en comparación a lo que he sabido de muchos de mis amigos de la comunidad homosexual, y no porque me faltaran oportunidades, sobre todo con mujeres. Siempre tuve un encanto con las damas, pero el problema era que a mí no me gustaban, yo no quería estar con una mujer. Siempre supe que era gay, y como me tocó ser chavo de los años 80, en ese tiempo era complicado abrirse o salir del clóset, como se dice, tal vez por eso tardé tanto en aventarme. Por ejemplo, a mí me gustaba el ballet, y cuando quise entrar a clases, me detuve por los comentarios que en mi entorno escuchaba al respecto:“ Eso es para jotos”, “sólo los maricones bailan eso” y similares. Pero esta historia que quiero compartir tiene que ver con mi bella y santa madre, el ser que más me ha querido en el mundo. Los amigos te estiman; tu pareja puede adorarte; los compañeros de trabajo, respetarte y apreciarte; tus hermanos te tienen afecto; tu padre puede amarte, pero para mí la madre es el único ser que se muere de amor por ti, que da la vida por ti. Tal vez estoy hablando en mi caso y, a fin de cuentas, es mi historia. Puede que haya otras madres distintas a la mía, pero de la mía es de la que quiero platicarles. Y la mía, con todo y el amor que me profesa, a veces tiene extrañas maneras de manifestarlo. 

Tenía yo 25 años e iba manejando por el centro de la ciudad; vivíamos en Puebla, una ciudad hermosa del centro del país, reconocida mundialmente por sus iglesias y su arquitectura. Mi madre iba de copiloto. En su charla, recuerdo que no dejaba de insistir en presentarme a una chica. Esta conversación era frecuente entre nosotros; de hecho, me había cansado de decirle que no, pero mi madre no se cansaba de proponérmelo. Sin embargo, ese día nunca lo olvidaré. Sabía adónde iban sus preguntas, ella ya conocía la respuesta, pero se negaba a entenderlo, en sus estructuras mentales no cabía la idea de tener un hijo como yo, y seguía insistiendo: que por qué tenía tantas fotos de un muchacho en los cajones de mi recámara, que si los vecinos rumoraban, que ella quería saber cuándo tendría nietos para cargarlos y mimarlos, que no quería verme solo como hombre adulto, que deseaba que los demás me respetaran, y creo que esas eran legítimas preocupaciones de una madre cuya educación acerca del hombre homosexual es esa estúpida caricatura que sigue reproduciéndose en televisión o en el cine, con pelucas y adictos condenados a vivir solos bajo la mirada inquisidora de la sociedad y de Dios. En fin, una cantaleta que parecía no terminar, una serie de reproches y preguntas, como si yo hubiera hecho algo muy malo. Sin duda alguna, necesitaba rectificar el camino no sólo por mi propio bien, sino para su tranquilidad. Y, como les digo, ese fue el día en que toqué fondo, mi madre me llevó a los confines de mis límites. Agotó mi paciencia, detuve el coche bruscamente y le dije: “Si vas a seguir arrinconándome con todas esas preguntas y argumentos, si vas a continuar haciéndome sentir como un criminal, jamás volverás a verme, me iré muy lejos de aquí y te quedarás sola, y tú serás la única culpable de haber alejado para siempre de tu lado al hijo que más te respeta y te quiere”. 

Sé que la mayoría de mis amigos homosexuales le da largas a este tipo de pláticas complicadas con la madre y que prefieren ir por la vida de “muertitos”. Mienten en la escuela, mienten en la casa, mienten con la familia y tarde que temprano todo se sabe, y a pesar de eso, siguen en la mentira, unos y otros. El caso es que yo ya no podía más. Mi relación con mi madre era extraordinaria, la adoraba con el alma, éramos madre e hijo, pero también buenos amigos. Yo soy el que más se parece a ella físicamente y sé que yo era su favorito; lo siento, hermanitos, pero es la verdad. 

Yo ya estaba cerca de mi límite con tanto reproche. Fue tanta su insistencia, que le dije: “Soy gay, mamá, soy homosexual y eso no es un delito. Lo he sido toda la vida, no sé por qué te asombras, soy una persona feliz, y yo creo que a fin de cuentas es lo que te importa. Tengo valores, un buen trabajo, te amo, y tú has pasado tantos años juzgándome, queriendo hacer de mí lo que no soy, cerrando los ojos a lo obvio. Yo no voy a vivir en mentiras como los hijos de mi tía Carmen”. He de mencionar que esos dos primos eran muy afeminados y, por supuesto, gays, pero como no lo decían de primera persona, todos hacían como que sólo eran “de finos modales”. Seguí vociferando, levantando la voz, manoteando, exigiendo el respeto de mi madre. Ella se quedó petrificada, en silencio, estrujando entre sus dos manos el cinturón de seguridad del auto y viendo hacia el frente, hacia la nada. Su mirada acuosa me conmovió y me detuve. Guardé silencio yo también y, sumergidos en ese silencio, encendí el auto y nos dirigimos hacia la casa. Al llegar, cada uno se recluyó en su espacio: mi madre en la cocina, yo en mi habitación. 

Cosa increíble, desde ese día todo cambió. Desde ese día, mi madre dejó de acosarme con preguntas incómodas. Un par de días después quiso retomar el diálogo conmigo y me pidió perdón. Me dijo que yo era su hijo y que siempre iba a dar todo lo que ella tu­ viera en sus manos para que todos sus hijos fuéramos felices. Desde ese momento, mi madre comprendió que la vida viene coloreada de mil colores, que no todo es negro o blanco. Esa fue y ha sido la más increíble manifestación de amor de su parte hacia mí. Desde ese día impidió que mis dos hermanos o que mi hermana menor me agredieran con comentarios sarcásticos o discriminatorios. Fomentó en mi padre el respeto hacia mi forma de vida y es algo que siempre le voy a agradecer. 

Mi madre conoció a tres de mis parejas, con la última se llevó mejor que con muchos de sus familiares. Lo adoraba, lo consentía, lo quería y fue sin duda su gran amigo. Ya no tuve que mentir diciendo que era mi amigo, mi compañero de trabajo u otras mentiras aprendidas para quedar bien y en paz con la sociedad. Pude compartir con mi madre mis penas de amor, mis alegrías y mi mundo emocional. 

A mi pareja reciente, y con quien sigo viviendo actualmente, alcancé a presentársela. Ella pudo verme junto a un hombre que estaba conmigo porque me quería y me cuidaba, y ¿acaso no es eso lo que quieren los padres? ¿Una pareja que cuide a su hijo y que lo apoye en las buenas y en las malas? Con los dos primeros novios que le presenté debo decir que fue cautelosa, apenas si los saludaba, siempre decente y educada, pero nada más. Como buena madre, creo que ella percibió antes que yo que no me convenían, que no eran muy buenas personas para mí y, aunque no dijo nada y respetó mis decisiones, se veía que ella era reservada en su afecto hacia ellos. Qué sabias son las madres, por algo se dice que hay que aprender a escucharlas. 

Mi madre se fue relajando poco a poco respecto a mi homo­ sexualidad y a veces hasta teníamos charlas sobre el mundo gay. Nunca con morbo, siempre con ese interés amoroso de entender­ me mejor. Ella me decía que quería saber más, que quería aprender de su hijo lo que era ser gay y así quitarse tantas telarañas de ignorancia. Claro que yo le decía que algunas cosas sí podía compartirlas y otras no, hay cosas de la vida privada que ahí se quedan. 

Mi madre bella y santa murió sabiendo que su hijo era un ser humano respetado, útil, trabajador, con buenos sentimientos y no un enfermo social. Con la verdad por delante y la nobleza y el gran amor de mi madre, nuestra vida fluyó mejor. Creo que para nosotros los homosexuales duele el rechazo social, pero nada comparable con el dolor que provoca el rechazo de la familia y, sobre todo, de la madre. A mi madre hermosa, mi madre santa, la extraño mucho desde su muerte en 2012. Fue educada en otros tiempos y con otras maneras de pensar, y aunque su amor no pudo lograr cambiar mi orientación sexual, sí logró convertirme en una persona decente, que se ama y se respeta. Además, soy muy feliz de ser lo que soy. Ser padre o madre de un hijo gay o ser gay no tiene que ver con culpas ni vergüenzas, tiene que ver con la comprensión, con ser honestos y enfrentar la vida con carácter, tolerancia, paciencia y amor, mucho amor. 

 

LIBRO: DESDE QUE ABRÍ LOS OJOS. Autores: Ramón Vallejo y Rayo Guzmán. DE VENTA EN LIBRERÍAS DE PRESTIGIO DE MÉXICO, IMPRESO Y EN EBOOK. 

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