Un tanto sorprendida, le pregunté a Alondra:

—¿Juras que sí es?
—¡Claro que es Adolfo!
 Mis ojos se abrían y cerraban sin dar crédito a lo que veían. Adolfo González fue mi novio en la secundaria. Era delgado, con el rostro lleno de barros y los brazos más largos que los pies. Le gustaba la química y jugar ajedrez. Nerd absoluto. Me agradó porque era tierno, respetuoso, y me ayudaba con las tareas de la escuela. Era introvertido y detestaba tomar alcohol. Era la época de experimentar con todo: tabaco, mariguana y cerveza. De sentirse adultos en cuerpos llenos de hormonas y jugarle al valiente para ser aceptados. Adolfo por eso no tenía muchos amigos, y era el novio ideal para pasar un buen rato. Además, sus padres le daban dinero y le prestaban el auto; me llevaba a comer y me compraba helados, muñecos de peluche y flores. Por catorce meses fue mi novio oficial, hasta que apareció un chico más guapo que se fijó en mí y entonces le rompí el corazón a Adolfo; lo dejé plantado en una cita, después finalicé mi relación con él y luego le dije que prefería que fuéramos amigos. ¡Ah, cómo me lloró! Me mandaba cartas, mensajes, regalos, y mi desprecio era lo que obtenía. Cuenta Alondra que hasta lo tuvieron que llevar al psicólogo porque no quería comer. Así se enamora uno cuando es adolescente, pero después la vida sigue.

Y pasaron dieciocho años sin saber de aquel muchacho con acné, tímido y escuálido al que le destrocé el corazón. Hasta esa ocasión en la que me cité con Alondra, mi amiga desde la infancia, para comer juntas y ponernos al día. Vi entrar a un hombre musculoso, con jeans ajustados que cubrían su firme trasero, y portaba una camiseta roja pegada a su torso que revelaba sin tapujos su marcado ab- domen. Su rostro —sin cicatrices de acné— lucía una barba de candado que lo hacía ver muy varonil.

—No se parece —objeté.

—Ahora verás —reviró Alondra y se puso de pie para ir directo a saludarlo.

Era Adolfo González y estaba feliz por el encuentro. Se había graduado con honores de ciencias químicas y practicaba el fisicoculturismo. Seguía jugando ajedrez, pero ya no era nada tímido. Conversó con nosotras durante media hora, pagó nuestra cuenta antes de salir y comentó que en un par de semanas regresaría a Francia, porque allá cursaba un doctorado.

¡Wow! Me quedé ahí, petrificada, mirando cómo se alejaba. Con la mano sudorosa después de haber estrecha- do la suya, sobreviviendo al impacto del reencuentro, pensando seriamente en no lavarme la cara en varios días para conservar esos besos de saludo y despedida que me plantó en las mejillas. Alondra no podía parar de reír. Después reímos juntas a carcajadas.

Luego, con un gesto serio en su rostro me dijo: —Tania, no dudes que él también se fue sorprendido. —¿Y por qué? —pregunté curiosa.
—Porque tú también has cambiado mucho desde

entonces. Imagínate: eras una flaca sin senos, y ahora traes prótesis 36B; no te conoció chichona, para empezar; tu cabello era negro y ahora lo has teñido de rosa. Te vestías como niña ñoña y ahora pareces emo. Siempre de negro y con el delineador oscuro en tus ojos que te da un aire retador. Eras amiguera y divertida, y te has convertido en una traductora de textos ermitaña que odia los antros y las fiestas, que prefiere viajar sola por el mundo y que escucha música gregoriana. Te conoció como hija de familia que no dabas un paso sin consultar a mamá y ahora no le haces caso ni a ella ni a nadie; eres libre de mente y de pensamiento. La verdad creo que tampoco él te reconoció cuando entró en el lugar.

Volvimos a reír a carcajadas.

—Ahora que lo pienso, tú no te quedas atrás, Alondra, eras enamoradiza desde chiquilla, todos los hombres se te hacían guapos, fuiste noviera desde los nueve años y vaya que tuviste novios. Te la pasabas maquillándote y vistiéndote a la moda, nunca salías a la calle sin peinar y sin tus ridículas bolsas con adornitos de corazones y piedras brillosas. Pepe, Fernando, Gustavo, y el cholo de Rufino, ¡de verdad coleccionaste especímenes de diferentes estilos! —solté una carcajada y proseguí—. Y mira nada más, ahora eres la mujer más relajada que conozco, enamorada de la ropa estilo hippie, holgada y sin pretensiones… y lesbiana.

Nuestras risas llamaron la atención de las personas de las mesas de al lado.

—Deberías ver la cara que más de uno de esos ex novios pone cuando me han llegado a encontrar tomada de la mano con Marisa, caminando por la calle —externó en tono travieso.

—Me imagino que quedaron perplejos… ja, ja, ja, ja, ja, ja.

Era verdad. Es más fácil ser consciente de los cambios de los demás antes que de los de uno mismo. La vida se percibe diferente desde cada ser humano. Los años pasan y la evolución es su consecuencia. Hay quienes mantienen su apariencia física a lo largo de la existencia y hay quienes la transforman. Como hay quienes sufren transformaciones paulatinas que los llevan a edificar una personalidad completamente distinta a la que se auguraba de ellos. Conocemos a alguien en una etapa de nuestra vida y nos formamos juicios permanentes de esa persona según cómo era en el tiempo que convivimos. Pero los seres humanos somos pasado, presente y evolución. Cambiamos.

No sé qué haya pensado Gonzalo de mí, puede ser que Alondra tenga razón y en este momento él se encuentre en el avión rumbo a Francia considerando: “Qué cambiada está Tania, ni la reconocí”.

Todos tenemos un ex amor que nos sorprende con el paso del tiempo, cuando lo volvemos a ver y encontramos a una persona totalmente distinta a la que habita en nuestra memoria. Por supuesto que cruzó por mi mente: Si he sabido, no le rompo el corazón y no lo dejo plantado. Espero que también a él le haya pasado un pensamiento similar al ver- me, pero sé que nada en esta vida está a destiempo, nadie pasa por nuestro camino ni antes ni después. El sentido del humor es el mejor de los sentidos. Así que me río cada vez que me acuerdo y reflexiono en que todos los seres huma- nos somos transformación constante, posibilidad latente. Podemos hacer cambios en nosotros cada día, y lo mejor, sorprendernos a nosotros mismos frente al espejo cuando vemos la evidencia. No juzgar a los demás por lo que son, porque todos podemos transformarnos cada día, y aunque conservemos la esencia de nuestros espíritus, a veces logramos hacer grandes cambios en nuestra personalidad. Las mariposas saben de eso.

 

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