Me volví loca

Me volví loca

Éramos muy jóvenes cuando nuestras vidas se cruzaron. Yo, con dieciocho años cumplidos y Agustín, veinte. Me faltaban dos meses para concluir el bachillerato; él estudiaba medicina veterinaria. Yo, educada para casarme; él, para ser cazador. Nos encontramos por primera vez en la fiesta de cumpleaños de una amiga en común. Me enamoré de su sonrisa, de su mirada. Agustín de mis piernas, de mis glúteos y de mis senos. Esa noche creí estar frente a un príncipe que me hizo sentir princesa y él, frente al egocéntrico reto de conquistar a una nueva doncella. Luego del cortejo pasamos al noviazgo. Él se dio cuenta que de no existir un compromiso formal de por medio yo nunca cedería a sus deseos y aceptó jugar a los novios. Escondiendo el interés por mi carne fingió estar enamorado de mi ser, y yo lo amé completo. Me gustaba todo lo suyo, su color de piel, su sonrisa traviesa, sus manos fuertes y velludas. Desde niña me programaron para casarme, formar un hogar y me visualizaba con dos hijos habitando una hermosa casa. Crecí al lado de unos padres que ahora lo entiendo guardaron sus diferencias y pleitos en la alcoba para demostrar ante sus hijos y los demás que formaban una pareja ejemplar. “Eloísa, formar una familia feliz, ejemplar y respetable es a lo que más puede aspirar una buena mujer”, dijo mi madre. Y lo que dice una madre es ley de vida. Una madre también tiene algo de vidente, ella vio algo en Agustín que la hizo oponerse a nuestro noviazgo, vio lo que yo no quise ver: que mi novio y yo teníamos distintos valores.

Agustín era hijo único de padres divorciados. Durante la infancia permaneció al lado de su madre, una diseñadora de modas cuya moral relajada le permitía estrenar amante cada mes, que presumía de poseer una mente abierta y de ser una mujer culta por haber acumulado viajes en todos los extremos del planeta. Le concedía de manera material lo que de manera emocional negaba a su hijo. Agustín decidió irse a vivir con su padre cuando cumplió quince años, porque la vida disipada de su madre comenzó a molestarle, a generar conflictos entre ellos; entonces perdió todo contacto con su madre y fue su papá quien abrió espacio para él en la nueva familia que había formado. Fernanda, su madrastra lo recibió cálida, pero con ciertos límites, porque estaba consciente del carácter conflictivo y rebelde de Agustín y no quería que sus dos hijos se contaminaran con las ideas del hermanastro. Fue una etapa complicada para ellos y el desenlace de esa experiencia fue que Gustavo el padre de Agustín tomó la decisión de rentar un departamento para su hijo mayor y apoyarlo económicamente para que continuara estudiando, pero lejos de su nueva familia.

Esto que relato no me lo contó Agustín de esta manera, lo fui descubriendo a través de los años. Durante nuestro noviazgo él se mostró como la víctima de su madre, de su padre y de todos quienes lo rodeaban. Entonces, esa parte integrada en muchas mujeres a la que llamo el “síndrome de la rescatadora” se activó y me dije: “tienes que salvarlo y darle todo el amor que no ha tenido”.

Me entregué a Agustín siete meses después de haber iniciado la relación. Lo hice porque estaba segura de que estaba cediendo mi cuerpo y mi alma a quien sería mi compañero de toda la vida, porque estaba convencida de que nuestra historia terminaría en el altar, y así fue. Me embaracé en la tercera relación sexual, y nos casamos.

Agustín se casó conmigo porque le dio miedo la reacción de mi padre, porque yo supliqué que nuestro hijo naciera en el seno de una familia y porque tal vez le pareció una buena idea tener una esposa guapa, educada con aspiraciones domésticas y buena cocinera. Yo me casé porque lo amaba con locura.

Me volví loca de amor y de felicidad. Como haya sido, tenía esposo, estaba esperando un hijo. Luego una casa, modesta pero bonita, cerca de la universidad donde Agustín siguió estudiando. Dependiendo económicamente de nuestros padres durante un par de años, pero enamorados. Creo que fue una etapa en que sentí que mi esposo adquirió un poco de madurez y se entregó a sus estudios, luego se asoció con un compañero de la escuela y abrieron una estética canina con consultorio y los sueños se comenzaron a convertir en realidad. Agustín podía tener muchos defectos, pero le gustaba trabajar. Es trabajador hasta el día de hoy. Fueron esos primeros años de una paz que solamente se sacudía por conflictos económicos o por la frágil salud de nuestro hijo Alfredo, quien resultó padecer asma y eso nos provocó varios sustos. Todo parecía fluir como debía ser.

Ese “debe” es tramposo. Crees estar viviendo lo que debes vivir, haciendo lo que debes hacer y el tiempo te avienta en la cara resultados que no esperabas.

“Una buena esposa debe cuidar su cuerpo, mantenerse bonita, arreglarse para su marido, para que otra mujer no te lo robe”, como si otra mujer pudiera, con facilidad y sin su consentimiento, llevarse a mi marido hasta su lecho.

Mi esposo era mujeriego desde antes de casarnos, pero yo no quise ver ese detalle en su personalidad. Justifiqué de mil maneras su “ojo alegre” repitiéndome que estábamos muy jóvenes, que se iba a calmar con la edad y que, además, yo me conservaba en forma, guapa, siempre bien vestida y maquillada para él. Hasta para salir a hacer deporte me vestía sexy, siempre intentando conservar su deseo y atenciones. Pero para mi esposo nada era suficiente. Por más que yo estuviera bonita y seductora, su mirada se la robaban otras mujeres. De reojo lo descubría observando a otras en la calle, en las fiestas, en cualquier sitio al que asistíamos juntos y estaban otras mujeres presentes.

Desde entonces empecé a padecer una psicosis recurrente que me hizo empezar a revisar sus bolsillos, a espiarlo mientras hablaba por teléfono, a visitarlo sin avisar en su clínica veterinaria. Más de una vez encontré mensajes sospechosos, correos electrónicos de mujeres desconocidas para mí, llamadas en su celular de números extraños. Pero las explicaciones y excusas de mi esposo siempre me convencieron y terminaba en la cama con mi dosis de sexo reconciliatorio que me hacía volver a creer en él. Llegó nuestro segundo hijo, José, a los cinco años de matrimonio.

Y otra vez, Eloísa, cuidando hijos sin descuidar el gimnasio, intentando ser buena madre, buena cocinera, buena enfermera para mis hijos, buena en la cama y estar buena para que mi marido no volteara a ver a otras. A eso debo sumar el hecho de que me hice obsesiva con el desarrollo económico de la familia y el estatus. Comenzó a importarme demasiado el “qué dirán”, el hacer lo que otras familias hacen, tener lo que otros tienen, aparentar ante todos que era una mujer realizada, con un esposo guapo, unos hijos hermosos, una casa impecable, un cuerpo bonito y además con un estatus social. Me metí en la cárcel de la apariencia física y social sin darme cuenta. No te das cuenta porque te programan para eso, llaman éxito a eso y es lo que buscas con fervor para demostrar a los demás, y a ti misma, que has triunfado en la vida.

El negocio de Agustín prosperó, se independizó de su socio y montó una moderna clínica veterinaria. Compramos una casa más grande, automóviles nuevos, membresías en gimnasios de lujo, en un club deportivo donde empezamos a practicar natación y a ir de viaje a Estados Unidos para comprar ropa de marca que nos permitiera subir de estatus y poner en nuestras redes sociales fotografías que provocaran la envidia de nuestro círculo de familiares y amigos.

Que las personas tengan logros profesionales y económicos es admirable, sobre todo cuando van acompañados de un crecimiento integral como personas que solidifica su proyecto familiar y espiritual. Pero el de nosotros era un proyecto aparente, falso. Debajo de esas máscaras pintadas con el pincel del ego existía una relación cada vez más forzada entre Agustín y yo. Nuestros hijos estaban creciendo programados para obtener todo lo material y para fingir junto con nosotros ser una familia ejemplar. Sin embargo, cada día con más frecuencia, eran testigos de nuestros pleitos y discusiones. Todos provocados por mis celos, por mis sospechas de infidelidades de su padre. Cometí el error de tocar asuntos de pareja enfrente de ellos para convertirme, entonces, en “la loca de la casa”, la que exageraba todos los problemas, la inestable, la que generaba discordia y rompía la paz en el hogar. Esa paz frágil, sostenida sobre dos ladrillos quebradizos: el de la apariencia y el de la desconfianza.

Me volví loca por no poder ser la única mujer en la vida de Agustín. Obtuve pruebas de la relación que tuvo con una chica que jugaba tenis en el club deportivo al que asistíamos. Lo negó y se puso como niño llorón, después como macho lastimado en su derecho de ser cazador. Primero lloró porque no creía en él, después me gritó que estaba loca y que él podía hacer lo que le diera la gana y que, si no me parecía que me fuera a vivir con mis padres, que esa era “su” casa.

Lo perdoné.

Me dio miedo su amenaza de correrme de la casa. A final de cuentas era una mujer que no sabía hacer otra cosa que amarlo profundamente, a él y a mis hijos. Una mujer que no tenía lugar propio en el universo, que solamente poseía ese espacio emocional para existir, entre esas paredes con él y mis hijos. Además, ¿qué dirían los otros? La idea de revelarle al mundo las hazañas extramaritales de mi esposo hacían que el cuerpo entero se me petrificara. El miedo azuzó mi ser y lo perdoné.

Seguí perdonando a Agustín sus múltiples engaños, era tan sagaz que en muchas ocasiones terminé pidiéndole perdón yo de la situación. Me volví loca y comencé a inventar estrategias para alejar a las zorras, porque incluso me convencí a mí misma de que las otras mujeres eran las culpables de que mi marido cayera en pecado. Tapicé mis redes sociales con fotografías de los dos. Aprovechaba cualquier oportunidad para tomarme selfies a su lado para luego subirlas y si alguna de las zorras entraba a stalkear mis redes pudiera darse cuenta de quién era la dueña de Agustín. Tomé cursos de superación y escribía frases de mujer empoderada en mi Facebook cuando la realidad era que vivía sometida a los deseos de un hombre macho e infiel. Acudí al cirujano para levantar mis senos afectados por la maternidad, aproveché una operación de vesícula para que de paso me hicieran una liposucción, asistía al gimnasio enfebrecida para conservarme bella y poder competir con todos los fantasmas femeninos que rondaban mi hogar.

Mis hijos crecieron y se construyeron sus mundos. Se fueron ambos a estudiar en universidades extranjeras. Agustín abrió dos sucursales de su clínica; el dinero no faltaba, pero la cuenta del amor estaba en números rojos. Con nuestros hijos lejos, la casa se convirtió en el campo de batalla en donde las faltas de respeto e incluso los golpes y empujones comenzaron a hacerse presentes.

Eloísa, aparentando ser feliz, adicta al cirujano para no envejecer, al ejercicio para conservar la carne firme, aunque el amor estuviera flojo. No estaba dispuesta a perder todo por lo que había luchado: un esposo guapo y exitoso, unos hijos hermosos, una casa de envidia y la admiración de los demás. Sin embargo, por más bello que sea un edificio si tiene los cimientos frágiles tarde o temprano el temporal o los desastres naturales lo tiran. Y el desastre natural tuvo nombre: Liliana.

Cuando descubrí la relación de mi marido con Liliana me volví loca. Junté rumores y sospechas, comencé a espiarlo, a seguirlo, y entonces me di cuenta que llevaba tres años con ella, que le había rentado un lujoso departamento y que los últimos viajes a congresos habían sido viajes a Europa y Sudamérica con ella. Mi rival tenía veintisiete años, los mismos que llevábamos casados Agustín y yo.

Con mis cuarenta y cinco años encima me paré frente al espejo y me volví loca. Pero era una locura distinta, esa que hizo que me diera cuenta de repente que era una tontería permanecer a su lado, seguir aparentando ser feliz cuando la psicosis, la depresión y la ansiedad se habían apoderado de mi mente. Me volví loca y destrocé con voluntad todas las ideas que me habían hecho permanecer al lado de un hombre que jamás fue mío.

Esa tarde contraté un cerrajero y cambié las chapas de la casa. No lo iba a dejar poner un pie en ese hogar profanado por sus tentaciones e instintos. Me asesoré con una amiga abogada y comencé a escribir la primera página del nuevo libro de mi vida.

La batalla que dio inició requirió de toda mi entereza, agarré valor de los más dolorosos recuerdos almacenados en mi corazón y no cedí. Agustín luchó a su manera, primero con amenazas, después me citó para conversar y lloró, suplicó. Yo no cedí. Me abracé a mí misma, me consolé y me respeté como nunca antes. Se me cayó el teatro, pero a él también. Se acabó la exitosa función que presentamos al mundo en el escenario de nuestra vida.

Los hijos desde lejos nos dijeron: hagan lo mejor para todos. Ellos estaban más sanos mentalmente que nosotros, habían comprendido desde hacía mucho tiempo que a sus padres los unía la locura y no el amor. Porque se necesita estar loco para levantarse por las mañanas a fingir sonrisas y a caminar con altivez por el mundo cuando en realidad se está lleno de rencores, miedo y humillación. La guerra declarada nos arrastró a cometer más locuras. Declaraciones en redes sociales ridículas y resentidas, enfrentamientos verbales acalorados ante abogados, a insultarnos a gritos cuando nos encontrábamos por casualidad sin importarnos el lugar. Esa locura que se deslizaba por mis sentidos y me hizo ir a buscar a Liliana para abofetearla y amenazarla. Me volví loca, pero seguí luchando, intentado arrancarme de la conciencia tanto dolor, resentimiento y odio.

Pero no hay guerra que dure cien años ni quien los soporte. Firmamos el divorcio y económicamente no me fue tan mal. Hay quien me dice que debí conseguir más, pero ya estaba en un nuevo nivel de conciencia que me llevó a comprender que era más valiosa mi resurrección que el dinero.

Han pasado seis años y Agustín dice que me volví loca después de nuestro divorcio:

“Se volvió loca desde que la dejé, se metió a clases de yoga y resulta que ahora hasta da clases, se la pasa viajando a retiros en la montaña en donde con una bola de locos como ella se ponen a meditar y cantan; le dio por dejar de comer carne y trae un novio hippie, un gurú de esos que dan cursos de transformación; comenzó a estudiar repostería y ahora resulta que dizque entrega postres en restaurantes de lujo; se le botó la canica y vendió la casa que tanto peleó que pusiera a su nombre y se compró un departamento en un fraccionamiento alejado de la ciudad en medio del bosque; loca de remate, se hizo blogger y comparte todo lo que hace en su día en internet sintiéndose famosa; hace el ridículo contando cómo prepara licuados con frutas y semillas o de cómo saca a pasear a sus tres perros; no la reconozco, es otra, se volvió loca de atar, dicen que le dio por correr, creo que es su delirio de persecución; loca, loca, nada quedó de la que fue mi mujer”.

Y tiene razón. Me volví loca de felicidad, me sentí liberada. Ya no tengo que aparentar ser quien no soy. Me vuelve loca de felicidad el viento sobre mi rostro cuando corro por el bosque, el olor a pan de centeno recién horneado, el dinero honesto que me gano dando clases de yoga, los besos de mis hijos cuando me visitan. Me vuelven loca de amor los abrazos de Gael, mi pareja, con quien aprendo cada día algo nuevo, quien me acepta como soy, sin maquillaje ni ropa de marca. Me volví loca después de Agustín, pero loca de amor por mi vida. Una vida libre de mentiras, de traiciones, sin falsedades. La existencia auténtica a veces se logra solamente caminando a través del dolor, convirtiendo el sufrimiento en oportunidad y los rencores en paz. Existe quien prefiere seguir aparentando ser feliz, porque de alguna manera esa felicidad es a la que aspiran y es válido, cada ser humano decide qué es lo más cómodo para su proyecto personal de vida. Hay quienes como yo en un rato de locura deciden dar media vuelta y caminar en dirección totalmente opuesta. Nos llaman locas y andamos sueltas. Soltamos prejuicios, rompemos paradigmas y vamos por la vida abrazando nuestros sueños, nuestros miedos, nuestros recuerdos y aprendiendo a amarnos más a nosotras mismas.

La soledad y sus encantos

La soledad y sus encantos

Escribir es un trabajo solitario. La soledad se convierte en una habitual compañera que provoca que las páginas en blanco se llenen con mayor facilidad.  Al menos ese es mi caso. Sí puedo escribir en lugares públicos y rodeada de personas, ya sea en alguna cafetería o en la sala de espera de un aeropuerto. Sin embargo, incluso ahí estoy completamente aislada de todo: la soledad me cobija y aunque haya ruido o gente caminando a mi lado, pasan a segundo término, como si entrara en una dimensión propia en donde únicamente existimos mi escritura y yo.  Por eso disfruto más leer y escribir estando a solas.

Sin embargo, la soledad es temida y no a todos les gusta su silenciosa presencia.  Existen personas a las que la ansiedad las aprisiona cuando se encuentran solas en casa. Se ponen de inmediato a chatear, a hablar por teléfono con alguien o encienden la televisión a todo volumen aunque no la vean. Estoy hablando de esa soledad que eliges vivir, no de la que llega como consecuencia de conflictos en nuestras relaciones humanas, o que la origina un problema emocional grave o un evento traumático.

Hay una soledad que se trata de disfrutar de la presencia de uno mismo, de escuchar tu respiración y sentirte en paz; de leer, comer, escribir y gozar detalles cotidianos de nuestra existencia en compañía de nuestro propio ser. Es un disfrute. Tal vez por pensar así es que elegí mi camino como escritora.

Es curioso, pero el gusto por estar con uno mismo es todo un arte. Y una aventura también.  Estando a solas conectas con tu creatividad, con tu paciencia, con tu voz interior, y con más claridad puedes reflexionar con más claridad acerca de los mensajes que pululan por tu mente. Puedes acariciar tu conciencia e incluso charlar contigo mismo.  He encontrado muchas respuestas estando a solas en mi casa, o en la habitación de algún hotel.

Para mí, escribir es un trabajo solitario, pero no me siento sola. El placer que siento al estar en contacto con las personas, conviviendo o escuchando sus historias, que después serán decantadas en mis letras, es el mismo que siento estando a solas con una página en blanco. He de confesar que mi familia y amigos ya conocen mis síntomas cuando entro en “trance”, así que no necesito pedirles privacidad, ellos ya saben que tienen que apartarse ¾aunque estén en casa¾  porque  Rayo la que escribe necesita a doña Soledad para trabajar mejor.

Dejé de temerle a la soledad hace mucho tiempo. Me gusta viajar sola, comer sola, ir al cine sola, y escribir a solas.  Disfruto igual que estando acompañada.

Caminando sola por París he descubierto rincones de esa ciudad que seguramente no habría encontrado caminando acompañada, porque mi percepción del mundo y lo que me rodea es distinta estando a solas.  Fluyo a mi ritmo, escucho mi latido y pongo más atención a mis pensamientos.

Concebir a la soledad como algo triste o indeseable ya no va conmigo.  Estar solo es estar con uno mismo. Y si te gusta tu propia compañía, es que te valoras y te amas. Considero que una dosis ocasional de soledad es benéfica para la autoestima. Asociar siempre la soledad con el vacío o la tristeza ya no va conmigo. Prefiero relacionar mi soledad con la creatividad, la inspiración, la reflexión y la paz interior.

Estar a solas es experimentar una libertad única, en ese espacio y momento en el que solo mis ojos me perciben y puedo ser yo y no hay juicios.  Las oportunidades que a veces nos da la vida de quedarnos solos ¾después de una ruptura amorosa, de un distanciamiento amistoso, o de un conflicto familiar¾, también pueden ser lapsos de vida que vengan a mejorarnos como seres humanos, a pesar del dolor que esta experiencia lleve implícita.

No es lo mismo estar solo que sentirse solo. He experimentado momentos en los que me he sentido sola a pesar de estar rodeada de personas. La experiencia de la soledad tiene sus matices, y más en la vida contemporánea, porque muchos dicen “paso mucho tiempo solo”, pero en realidad están conectados a sus redes sociales y a final de cuentas interactuando con otros seres humanos, chateando o compartiendo contenidos.  Para mí esa experiencia no es estar a solas. Estar a solas es estar conmigo. Y estar conmigo me gusta.  Creo que para que algo emane de tu interior primero lo tienes que vivir tú mismo y luego trasladarlo al otro. Creo que en nuestros momentos de soledad valiosa nos transformamos en mejores individuos para relacionarnos con los demás.  El placer de estar con uno mismo y de realizar tareas sin compañía nos prepara mejor para que estemos con otros, disfrutemos lo que compartimos en sociedad. Una caminata por un bosque, la inmersión en un buen libro, escuchar música, correr, hacer meditación, escribir, y muchas actividades más, pueden ser maravillosos momentos si sabemos estar con nosotros mismos. La soledad que elegimos para crear o crecer es un estado de autoconocimiento y libertad interior. Para mí es la compañera perfecta para escribir.

La mano

La mano

Chano, el brujo, tomó la mano derecha de su amada entre las suyas. Esa mano que le conoce todos y cada uno de los rincones del cuerpo pero que siempre se le escapaba a la lectura. Blanca, frágil, con dedos largos y espigados. Uñas recién limadas y sin padrastro alguno. Primero observó la línea de la vida. Era tan corta y débil que explicó los dolores frecuentes en el bajo vientre que hacían correr a Marianela a la sala de urgencias del hospital más cercano para mitigarlos. Nunca se dejó sanar por Chano. “Tú no eres un brujo, Chano; tú eres un ángel”, le decía su mujer cuando él salía de casa rumbo a su chamba. Después observó la línea del destino y la escasa profundidad sobre su piel. Comprendió entonces por qué Marianela siempre vivió como veleta, dejándose llevar por los días, entregándose al destino. Ella se carcajeaba cada vez que Chano le proponía planear mejor el futuro. “Vive el hoy”, le susurraba al oído mientras le besaba la sien. La línea entre el pulgar y el dedo índice era profunda, emergía de su mano casi transparente reafirmando la marcada inteligencia de su amada, sobre todo cuando se trataba de hacer realidad sus caprichos. La línea del Monte de Venus le habló de la sensibilidad y capacidad creativa de su mujer. El hundido Monte de Marte le reveló su explosividad y su lado cobarde. ¡La conocía tan bien! Las lágrimas de Chano se confundían con las líneas de la mano de Marianela, escurrían por sus Montes de Mercurio y de la Luna y entre sollozos miraba la línea del corazón, astillada y con interrupciones que le recordaron los amores complicados que vivió antes de toparse con él. Cuando observó la línea del amor, sonrió porque solo pudo leer una relación amorosa manifiesta y breve. La suya, la de ellos.  Colocó la mano de Marianela sobre el rígido pecho y cerró el ataúd.

Cualquier historia merece ser contada

Cualquier historia merece ser contada

Cuando las personas se me acercan y me comentan que no tienen ninguna historia interesante para contar, yo definitivamente no les creo. Estos siete años en que he escrito libros inspirados en historias reales me permiten afirmar que he escuchado y leído vivencias de todo tipo. Todas  y cada una tiene un ingrediente especial. No importa si hablan de asuntos domésticos y cotidianos o de grandes hazañas, lo que yo considero importante es el hecho de contarlas. Sé que por alguna razón específica esa persona ha decidido narrarme algún episodio de su vida.  Hay quienes a veces me dicen: “¡Ay, eso es equis!, ¿eso qué?” Yo les respondo que toda historia vale la pena ser contada. ¿Por qué? Porque todos estamos hechos de historias. Breves o largas, intermitentes o permanentes. El secreto de mi entusiasmo al afirmar esto radica en la manera que tengo de escuchar o de leer lo que la gente me comparte. Tal vez por encima pareciera que alguien me está narrando un simple y rutinario día, pero en realidad esa persona utiliza palabras o tonos de voz que revelan lo que hay en su mundo interior al momento de compartirlo. Por ejemplo, debajo de un relato sobre cómo una mujer prepara el café por la mañana, después lleva sus hijos a la escuela y más tarde camina entre los pasillos de un supermercado hay meta-relatos, es decir historias danzando debajo de esas descripciones que revelan pasiones o falta de ellas, temores o atrevimientos, soledades o ilusiones. El secreto está en poner atención a lo que el otro dice y cómo lo expresa. Otra manera de descubrir historias maravillosas en cualquier persona es por medio de la formulación de preguntas que no sólo demuestren que se está prestando atención sino que además permitan escarbar más en la experiencia que se nos comparte. Así he descubierto joyas hechas de pedacitos de vida. Por ejemplo el personaje de Lucita en Regalos para toda ocasión, que de entrada parecía llevarme únicamente a la narración de una abuela que habla de sus domingos asistiendo a misa pero que termina en un relato revelador y  conmovedor. O  “El sapo que ama la luna”, en mi libro Tú princesa y yo sapo, que parecía un relato más de un hombre al que le ponen el cuerno —tema tan trillado— y que termina siendo una historia que nos lleva por el mundo emocional de un varón que sigue enamorado a pesar de la traición. El cómo siempre será el gran escenario para conectar con el otro: cómo escuchamos, cómo interactuamos, cómo nos mostramos ante el otro para generar confianza y empatía. Algún día una chica me escribió en mi página de Facebook y comenzó así: “Rayo, tal vez mi historia no te interese, no tiene nada de especial, pero necesito contarla”. Y eso es lo importante, su necesidad de contarla, de hacer catarsis y de abrirse.  Desde que leí eso, estuve segura de que era una historia valiosa y así fue. Quedó plasmada  entre las líneas de mi libro Cuando mamá lastima.

Todos escribimos un capítulo en el libro de nuestra existencia cada día.  Hay capítulos que hemos borrado pero que siguen en la no palabra, en la no letra, ahí donde solo se accede a través del recuerdo. También de esas historias estamos hechos. De lo que hemos olvidado, de lo que hemos eliminado de nuestros discos duros. A veces solo basta un poco de empatía para tener acceso a esos archivos.

Yo agradezco de manera infinita la confianza que me tienen mis lectores y seguidores para permitirme el acceso a los archivos de sus vidas. Mientras tanto seguiré escribiendo, inspirándome en cada ser humano que me cuente su historia porque, repito, todas las historias merecen ser contadas, el secreto está en cómo se cuenten.  Además, tengo muy claro que si alguien me cuenta algo, es porque necesitaba decirlo, y si alguien necesita expresar algo es por alguna razón. Como dijo Giovanni Papini, escritor y poeta italiano:

Si un hombre cualquiera, incluso vulgar, supiera narrar su propia vida, escribiría una de las más grandes novelas que jamás se haya escrito.

Durmiendo con otro

Durmiendo con otro

REGALO 10

Para cuando una mujer duerme con el hombre equivocado

Durmiendo con otro, soñando contigo. Así son mis noches y ni me preguntes de los días, porque también acostumbro soñar despierta. Hoy se cumplen dos años de aquel adiós en esa tarde lluviosa de noviembre. En un día de muertos fue cuando se murió nuestra historia. No sé si me recuerdes con la misma intensidad que yo lo hago, pero me gusta pensar que sí. Me gusta mandar a mi mente de paseo por aquellos momentos en que éramos solo tú y yo. Nadie más. Todavía recuerdo cómo nos conocimos. Te inscribiste a la clase de gramática que yo impartía en la universidad. Llegaste tan limpio, perfumado y con tus jeans rotos por la moda, con tu mochila al hombro y con esa camiseta azul ajustada a tu torso sin barriga. Perdona que menciona tu ausencia de barriga, pero a mis años eso importa. Yo pasando los cuarenta, tú en mitad de los veintes. Los años de diferencia no importaron para que a los pocos minutos tu mirada y la mía se engancharan y me quedé ahí, suspendida en el verde de tus ojos.

Esa noche llegué a casa y me desnudé frente al espejo. Mi vientre flácido, mis piernas acariciadas por la celulitis y mis senos apuntando hacia el piso. A pesar de ser delgada, el paso del tiempo y la ausencia de ejercicio no ayudaron a que todo se quedara en su lugar y cómo me pesó reconocerlo. Desde que me divorcié inconscientemente clausuré mi cuerpo y dejé de verlo, de cuidarlo. Después de separarme de Rafael, me puse un envoltorio transparente sobre la piel, uno igual al que le ponen al pollo en el supermercado. Sí, uno de ese plástico delgado que se adhiere y que no deja pasar nada. Y nada pasaba en mi vida ni en mi mente, hasta que apareciste tú.

Cuando te vi levantar la mano en el estacionamiento de la universidad, pidiéndome un aventón, mis piernas temblaron y mis manos sudaron de manera estúpida. Me ponía nerviosa tan tenerte cerca. Te subí y te llevé. Mejor dicho, me subiste a una nube y me llevaste a tu cielo. No sé cómo, pero terminamos comiéndonos a besos en la sala de mi casa y fue el inicio de algo que sería una costumbre: hacer el amor en el sofá de Rafael. Todavía recuerdo cuando le dije: «Rafa, si quieres llévate tu sillón de piel que tanto te gusta». No quiso cargar con él, dijo que estaba viejo y que ya no servía para nada. ¡Ja! ¡Igual que yo! Vieja y que no servía para nada. Así me sentía antes de que tú le dieras uso al sofá … y a mi cuerpo.

Me compré ropa nueva, me inscribí en el gimnasio. Visité a la manicurista y a la peinadora. Comencé a escuchar a Shakira y dejé de lado a Camilo Sesto. Rejuvenecí en tus brazos.

¿Cómo te voy a olvidar si te has quedado en cada rincón de mi casa? Tu fantasma deambula por todas partes. Si entro a la ducha, recuerdo tus caricias bajo el agua, cuando me tomabas por la espalda. Si paso a la cocina, te veo encima de mí sobre la mesa, tirando platos y cucharas al piso pasa que no te estorbaran en el momento del ataque. Con casi cuarenta, casi me quedo contigo para siempre. Casi. Sigue el «pero».

Pero una mañana de mayo, recibí una llamada inesperada. Era Flavio, mi amor de adolescencia. Aparecía de la nada, de regreso a la ciudad, divorciado y con deseos de verme. Acudí a la cita y cuando me preguntó: «¿Sales con alguien?», tuve que responder lo que ya era costumbre: «No».

¿Cómo decirle a Flavio y a los demás que estaba enamorada de un hombre más de diez años menor que yo, que era mi alumno en la universidad y con el que tenía el sexo más maravilloso de mi vida? ¿Cómo decirle eso que tú y yo decidimos guardar en secreto?

Muchas veces hablamos de decirle al mundo lo nuestro, pero cada vez, la cordura tocaba a la puerta y nos recordaba que no era correcto. Razones sobraban, la primera tu novia. Esa cándida chica veinteañera que visitabas cada fin de semana, con la que ibas al cine y cenabas en casa de tus padres. Esa chica a la que le habías prometido matrimonio. La segunda, mi hijo. Ese muchacho de veinte años que estudiaba en otra ciudad y que venía a verme cada fin de semana, ese hijo que me creía incapaz de algo indebido. La tercera, porque te amo, y jamás permitiría que pasaras el resto de tus días cuidando a una vieja, procurando a un hijo de otro. Tú eres joven y apenas empiezas a escribir tu historia. Mi historia ya iba en el segundo tomo.

Así las cosas, me hice de un novio de mi edad. Flavio es un hombre atento, respetuoso, responsable y comprensivo. Diferente de Rafael y por su edad pudiera ser tu padre. Sus canas y arrugas en la frente lo hacen interesante, pero tiene barriga. Esa barriga de televisor y de señor que ya ha sido casado. Nada que ver con tu torso de lavadero, su olor es muy diferente, es olor a viejo.

A pesar de mi nueva relación, nuestros encuentros clandestinos continuaron. «Eres secreto de amor», canta Joan Sebastian y yo canto con él. Tres veces por semana a mediodía mi casa se convertía en un campo de deseo. Por las noches me sentaba en salón de té en donde entre charlas y velas recibía a Flavio.

Una noche Flavio me dijo que no se iría, que quería pasar la noche conmigo. Lo demás se vino rápido. Un «¿Quieres ser mi esposa?» y un «Sí, acepto». Cuando me preguntabas ¿A quién prefieres? ¿A Flavio o a mí?, yo te contestaba: Flavio es para mí la Tierra, tú eres para mí el Cielo.

Y como tenía que poner los pies sobre la Tierra, me casé con Flavio y comencé otra historia. Tus lágrimas, tu furia, tu impotencia y tu cariño los guardo en cada centímetro de mi piel. Habitas en mí, te sueño a mi lado. Tuve que elegir entre el ímpetu de tus caricias y la serenidad de un compañero. Pero cuando vas caminando hacia los cincuenta te das cuenta de que la compañía es un valioso tesoro y no quería estar sola en la ruta final de mi existencia. Y tampoco quería hacerte esclavo de mis años, hubiera sido injusto que vieras el mundo a través de mi mirada. Tienes derecho a tener hijos, una esposa joven y a construir un futuro lleno de buenas noticias. Yo ya no soy noticia, yo ya soy historia.

Tus dolores eran por lesiones deportivas. Mis dolores eran por lesiones de por vida. Tenías una cicatriz que te hiciste jugando soccer. Yo tengo una cicatriz de la cesárea. Tú te compras el Ipod de moda y yo lo compro para mi hijo. Tú me hacías el amor para recibir sexo, yo te daba sexo para recibir amor. Dos destinos que se cruzaron cuando eran paralelos.

El agua volvió a su cauce. La cordura venció a la pasión. Ese adiós tómalo como el último acto de amor que te regalo. Te saqué de mi vida para meterte en lo más profundo de mi corazón.

Ahí habitas conmigo, mientras yo habito con Flavio. A veces despierto en la madrugada y te busco en mi cama. Pero solo está Flavio roncando. Me levanto, entro al baño y me miro en el espejo y me digo: «Estás durmiendo con el hombre equivocado».

Es el hombre equivocado pero la historia correcta.

La mujer de ceniza y el hombre que no podía escribir

La mujer de ceniza y el hombre que no podía escribir

Capítulo 2

Si desde antes de nacer se pudiese elegir la familia, el color de piel, los talentos, la posición social, las cualidades y los defectos, Amanda habría elegido todo diferente. Habría escogido una madre entregada al cuidado de los hijos, un par de hermanos varones mayores que la protegieran de otros chicos y que la acompañaran a los bailes de la secundaria, un padre dedicado a la contaduría con horario laboral de ocho horas para tenerlo en casa por las tardes y disfrutar su compañía sentada a su lado frente al televisor. Tal vez hubiera preferido ser bajita y regordeta. Pero el hubiera no existe y la historia de Amanda es muy distinta de la que imaginan todos los que la observan caminar por la calle. Si la belleza fuera fuego, el cuerpo de Amanda estaría envuelto en llamas. Si el pasado se clasificara por colores, el de Amanda entraría en la escala de grises. Como mientras se respire se presume de estar vivo, ella respira y finge tener una vida. Con sus largas y estilizadas piernas recorre las calles de la ciudad robándose las miradas de deseo de los varones y las miradas de envidia de otras mujeres. Sus pasos altivos, de modelo en pasarela, no denotan el dolor de sus aspiraciones truncadas ni de sus miedos crónicos. No dejan ver ese caparazón tejido con astucia para repeler los posibles aguijones que encaja una vida de carencias, ausencias y penumbras.
 Da vuelta en la calle de Donceles y ubica la dirección que le anotó su amiga Hilda en una servilleta de papel. Sube la angosta escalera hacia el tercer piso y toca en la puerta que ostenta el número 301. Es un edificio antiguo remodelado de manera suntuosa y modernista en su interior. La madera, la piedra, el cristal y el acero conviviendo en sus finos acabados. La recibe una mujer, de esas que esconden la edad detrás de un rostro inyectado con bótox, enfundada en un traje sastre azul turquesa, quien la saluda con amabilidad ensayada y la invita a pasar al amplio piso que ocupan las oficinas de una editorial.

—Eres más hermosa que en fotografía —afirma la dama señalando un sillón de piel oscura.

Amanda sonríe y deja caer su uno ochenta de estatura en el mueble; cruza sus largas piernas y con el bolso en el regazo espera instrucciones.

—Me llamo Martha. Nuestra directora editorial, la doctora Mercedes Ortiz, te atenderá en unos minutos —le dice y regresa a su escritorio.

¿Por qué aceptó ir a esa cita? Por desesperación. Por desamor. Por impulso. Porque se siente perdida y sin brújula. Porque no tiene otra puerta que tocar. Los últimos tres mil pesos que le quedaban los ha utilizado para cubrir la renta de un cuarto compartido en la colonia Narvarte, después de que Julio la corriera de su departamento. Hilda es la única amiga que conserva desde la adolescencia, y de las pocas personas de su pasado con las que mantiene contacto. No tuvo otra opción que acudir a ella buscando un consejo, una sugerencia, y ahí está. Sentada en esa oficina del centro, esperando a que alguien le explique de qué se trata la oportunidad laboral para la que, según Hilda, no existía mejor candidata que ella.

—La doctora te recibirá ahora mismo —la voz de Martha la sacó de sus airados pensamientos.

Amanda se puso de pie y siguió a la secretaria. Entró en una oficina amplia y con grandes ventanales. La apariencia de la persona detrás del escritorio le sorprende. Es una mujer mayor, sesenta, tal vez sesenta y cinco. El cabello corto, color rubio cenizo. Sobriamente vestida con blusa amarilla y saco blanco; porta un enorme anillo de plata sobre el anular de su mano izquierda. Tiene los codos sobre el escritorio y la observa con una sonrisa cálida. La saluda de mano y la invita a sentarse. Amanda se da cuenta de que tiene en su lugar varias fotografías.

—Sí, son tus fotos —le dice la doctora—; precisamente estaba viéndolas por enésima vez. Hilda ha sido muy amable en hacérmelas llegar hace un par de días.

—Espero que le hayan sido de utilidad. ¿De qué se trata el trabajo?

—¡Vaya! Pues al grano, como decimos, veo que estás impaciente por saber por qué nos hemos interesado en ti.

—Disculpe, no quise ser imprudente —responde Amanda para disculparse de su intempestiva intervención.

—Primero quiero conocerte más, ¿te parece? —continuó la doctora—. Puedes llamarme Mercedes. Si nos llegamos a entender, conmigo no necesitarás formalismos, soy doctora en derecho pero llevo muchos años dedicada a la industria editorial. Manejamos las carreras de varios escritores muy famosos, con obras traducidas a varios idiomas y galardonadas con valiosos premios.

—Pero yo no sé escribir ni tengo experiencia en nada parecido, me he dedicado a… otras actividades muy diferentes —respondió Amanda con la confusión pintada en el rostro.

—Lo sé, Hilda me comentó que te has enfocado en pasarelas y venta de ropa, pero eso no importa. Cuando escuches mi propuesta, verás que no necesitas conocimientos editoriales para colaborar con nosotros.

—Lo siento, continúe —respondió al tiempo que se preguntaba qué demonios le habría contado Hilda sobre sus actividades anteriores.

—Pues bien, tenemos un problema con uno de nuestros escritores más importantes. Sus números de ventas son altísimos. No sé si has escuchado hablar de El rumor del viento o de Calle sin esquinas, son dos novelas suyas que han reportado ventas millonarias.

—He leído La calle sin esquinas, .. ¿Agustín Montemayor?

—Augusto Montemayor, sí. Él es de quien quiero hablarte. Augusto debe entregar su próxima novela en tres meses pero ha perdido el ritmo. Tenemos ya contratos de ventas firmados por anticipado y a nuestro escritor estrella se le ha ido la inspiración. Lleva más de un año frente a la página en blanco y ha caído en un vacío creativo.

Amanda se sintió sorprendida e incómoda. No alcanzaba a digerir lo que estaba sucediendo. Pensó en lo ilusa que había sido al acudir a esa entrevista en la que se percibía fuera de lugar. Hurgó entre sus limitados conocimientos literarios intentando encontrar un comentario útil para salir bien librada del encuentro. Durante la adolescencia adquirió el hábito de la lectura gracias a la influencia de la madre de Hilda, quien la puso en contacto con obras como El diario de Ana Frank, El principito, El llano en llamas y Platero y yo. Alguna vez vio en la televisión un documental sobre la vida de Gabriel García Márquez y otro más sobre la exitosa trayectoria de Stephen King. Los dos, autores cuyos estilos eran de su agrado, pues había leído algunos de sus libros. Recordó la trama de una película en la cual un famoso escritor encuentra por azar el texto de un autor desconocido y lo publica como si hubiese sido propio. Se acordó de otro filme en el que un viejo y reconocido autor de novelas de acción se queda sin inspiración y le contratan un par de jóvenes literatos para que escriban en su lugar. Esforzándose por no parecer tan ingenua ante los ojos de la doctora preguntó:

—¿Y un “escritor fantasma”? He sabido que muchos autores los usan.

—¡Vaya que eres lista, niña! —exclamó la doctora, al tiempo que lanzaba una carcajada—. Ya le hemos planteado eso, pero Augusto preferiría abandonar la literatura antes que permitir algo semejante. Va en contra de sus principios.

Amanda escuchaba con atención; sin embargo, seguía sin entender las intenciones de su interlocutora. Sintió deseos de darle las gracias y salir de ahí de inmediato. La incomodidad del momento crecía a la par que su curiosidad. Lo primero la empujaba hacia la puerta y lo segundo la mantenía inmóvil. Sus expresivos ojos lanzaron una mirada de duda a Mercedes, quien continuó la explicación.

—Le hemos mostrado fotografías de varias chicas. Tú sabes, modelos, actrices, deportistas… de todo con tal de encontrar a alguien ideal para lo que necesita Augusto. No ha sido tarea fácil. Debes entender que lo anterior hay que llevarlo a cabo con suma discreción. Se trata de un proceso cauteloso y desesperado a la vez. Hemos presentado múltiples propuestas al artista, una labor ardua y complicada. Sin embargo, cuando miró tus fotos dijo: “La quiero a ella. Ella es la que puede desempeñar mejor el trabajo”. Por eso te hemos llamado.

A medida que Mercedes hablaba, Amanda se iba sumergiendo en el fondo de su asiento. La pregunta “¿Por qué estoy aquí?” taladraba su pensamiento. La respuesta, “porque no tengo qué comer ni otra parte a dónde ir”, regresaba su atención hacia la doctora Ortiz.

—No sé qué puedo desempeñar tan bien como cree el señor Montemayor, pero no es mi medio, no creo estar capacitada para trabajar al lado de un escritor; le agradezco su interés pero pienso que no soy la persona adecuada —dijo por fin.

—¡No digas que no tan pronto, muchacha! —replicó insistente Mercedes—, reconsidera tu respuesta. Quisiera poder decirte que te tomes tu tiempo, pero, por desgracia, el tiempo es el enemigo número uno de nuestro escritor. Te acabo de mencionar que le quedan tres escasos meses para presentar su nueva obra, y además aún no he terminado: ¿no te interesa conocer el lado económico del asunto?

—Necesito trabajo y también dinero, pero soy honesta cuando digo que no me siento a la altura de semejante tarea —señaló con firmeza Amanda, al tiempo que intentaba ponerse de pie.

—¡Siéntate! —ordenó la doctora, obligando a la chica a regresar a su lugar—. Dame unos minutos más. Lo que te propongo no implica un trabajo indecoroso o indecente. No harás nada que no quieras. Lo único que desea el escritor es convivir contigo durante tres meses. Una forma poco usual de encontrar la inspiración perdida en su vida a través de la vida de otro ser humano. Convivencia. Nada que afecte tu integridad.

Amanda respiró hondo, bajó la cabeza y observó las uñas de sus manos pintadas de nácar. Contempló sus zapatos desgastados y recorrió con su mirada el pulido piso de madera del despacho. Recuperó un gramo de audacia y expresó:

—Está bien. Permítame pensarlo por unas horas. Esta misma tarde le daré una respuesta. Pero no me diga ahora cuál es la remuneración económica. Eso quiero saberlo después de haber tomado una decisión.

—¡Trato hecho! ¡No se hable más! Anda y consulta con tus adentros; espero tu llamada.

Amanda salió de la oficina y se dirigió hacia la Torre Latino, en el Eje Central y Madero. Entró en el edificio que durante muchos años fue el más alto de la capital mexicana. Subió al mirador y desde ahí contempló la interminable urbe. Interminable como la calamidad de su existencia. No había soledad más lacerante que la que le carcomía las entrañas. Ese sentimiento de desolación constante que la acompañaba y que la hacía sentirse sola cohabitando entre millones de seres. Deambuló por las calles del Centro. Entró en el histórico Café Tacuba para comer molletes, acompañados de un vaso de agua de sandía. Sólo eso le permitían comprar los escasos pesos de su bolsa. Hubiera preferido milanesa o enchiladas, pero constituían manjares inalcanzables para su economía actual. Mientras comía, en su pensamiento se desataba una tormenta por la cual no pudo saborear los alimentos. No había querido saber cuánto ganaría por aceptar tan misterioso empleo, pues temía que su necesidad económica la orillara a aceptar una ocupación que desempeñaría sin éxito. Se sentía sin aptitudes para enredarse en tareas inherentes al mundo editorial, escenario por demás desconocido para ella. Pero su pasión por la lectura le calentaba el pecho y le insertaba un buen presagio en el corazón.

La sorprendió el crepúsculo volviendo otra vez a la agencia editorial. El rostro de la secretaria se iluminó al verla. La condujo de inmediato hacia el despacho de su jefa.

—Me da mucho gusto que hayas regresado, Amanda —le expresó satisfecha Mercedes.

—Decidí venir en lugar de llamar, he tomado una decisión.

—Te lo agradezco, estas cosas son mejores frente a frente. Dime, ¿qué has pensado?

—Acepto.

—¡Así se habla! —exclamó jubilosa la doctora—. Ahora abordaremos los detalles pendientes. Hablemos de dinero. La paga es muy buena: un millón de pesos si propicias que el escritor termine a tiempo la obra.

Dicho eso, Mercedes dejó caer su espalda sobre el respaldo del sillón y entrelazó las manos sobre su regazo, observando la reacción de Amanda.

La chica no daba crédito a lo que acababa de escuchar. Nunca hubiera esperado una oferta tan generosa. No escondió su asombro ante los ojos de Mercedes, pero recuperó la compostura suspirando profundo. Como los enfermos terminales que ven pasar su vida en un segundo antes de morir, en un instante vio transcurrir la suya. Revivió las miserias de su infancia, el hambre en su estómago y los golpes en su cuerpo. Hija de una madre alcohólica, quien la concibió en una noche de inconsciencia en Playa del Carmen, durante un romance efímero de dos días con un turista danés y del que nunca jamás tuvo noticias, Amanda creció sin conocer siquiera el nombre del forastero que la engendró. La blanca piel de la hija le recordaba a la madre lo oscuro de su pecado y se dedicó a rechazar a la criatura desde su nacimiento. En las memorias de infancia de Amanda habitaban la soledad y el abandono. Una adolescencia cruel donde no tuvo cabida la ternura ni el consejo. Una madre alcoholizada que terminó loca y que murió una madrugada de invierno dejándola con sus catorce años recién cumplidos, cobijada tan sólo por la incertidumbre. La madre de su amiga Hilda se había compadecido de ella y le ofreció asilo durante algunos meses, suficientes para que Amanda se percatara de lo que la vida le había negado: un hogar, unos padres amorosos, unos hermanos, una familia. Salió de ese hogar prestado por la amistad, llena de gratitud, a enfrentarse sola a su destino. Su belleza fue su peor compañera, no pasó mucho tiempo para que se diera cuenta de lo fácil que era subsistir viviendo de su agraciado cuerpo. Estudió la secundaria al mismo tiempo que aceptó trabajar como edecán para una marca de cerveza. Lo que llegó después de semejante decisión fue una cadena de infortunios. Una violación por parte de un empresario cuando aún no cumplía los dieciséis. El rechazo de los parientes de su madre por no querer saber nada de la bastarda. El deambular por ambientes sórdidos, viviendo de noche y durmiendo de día. Acumulando deseos de morir dentro de su joven cuerpo que, para maldición suya, emergía en su esplendor sano y vigoroso, delatando la fortaleza de sus genes. Soportaba el frío y el calor, el hambre y el cansancio. A veces no entendía por qué seguían creciendo esos senos, alargándose esas piernas y ensanchándose esos muslos si apenas probaba bocado. Tal vez tenía una comida decente a la semana, cuando la invitaba algún empresario a comer o cuando sobraban pastelillos o canapés en los eventos y podía llevar algunos a su guarida. Recordó de cuántas casas la corrieron por no pagar la renta a tiempo. Cuántas mañanas despertó en moteles de paso acompañada de un cualquiera sin nombre que la hacía sentir también como una cualquiera cuando le dejaba un par de billetes sobre el buró. Nunca trabajó en la calle ni se paró en las esquinas, pero sí intercambió su cuerpo por algo de comida, a la sorda, en lo clandestino, disfrazando de ligue o de conquista ese intercambio de sexo por compañía, en ese intento constante de toparse con aquello que los demás llaman amor. Le hubiera gustado ir a la universidad y estudiar medicina. Aspiraciones truncadas por la miseria, el abandono y la falta de rumbo.

Después vio descender de sus recuerdos la imagen de Julio. Ese hombre que le prometió darle una vida y que casi se la arrebata en el intento por cumplirle. Ese hombre casado que la convirtió en su amante, que le puso un departamento en el norte, porque la esposa vivía en el sur. Ese señor respetable que con dos tequilas se convertía en un animal rabioso, celoso y violento; ese que casi la mata a golpes una noche en que no soportó verla platicar con uno de los hermanos de su amiga Hilda, al que se encontró por casualidad. Sí, esa noche casi la mata después de golpearla en el rostro, en las piernas, en el vientre; la arrojó semidesnuda a la calle y la corrió del departamento. Amanda muchas veces se preguntó para qué había nacido, muchas veces prefirió haber sido abortada o nacer sin vida.

A ella, que la miseria y la carencia la cobijaron desde el interior del vientre materno, le estaban ofreciendo un millón de pesos por realizar una actividad inesperada y misteriosa. Se rió de las ironías del destino, y en un pequeño arrebato de dignidad recuperó un poco de confianza. Como no pudo elegir a sus padres, ni su apariencia, ni una carrera, ni sus amores, pensando menos en el millón de pesos y más en la posibilidad de elegir por primera vez algo en su vida, optó por trabajar para Augusto Montemayor y, después de cerrar el trato con un apretón de manos con Mercedes, salió de la oficina pellizcándose los brazos para confirmar que estaba despierta. Que no se trataba de un sueño.