LA SOLEDAD Y SUS ENCANTOS

LA SOLEDAD Y SUS ENCANTOS

Escribir es un trabajo solitario. La soledad se convierte en una habitual compañera que provoca que las páginas en blanco se llenen con mayor facilidad.  Al menos ese es mi caso. Sí puedo escribir en lugares públicos y rodeada de personas, ya sea en alguna cafetería o en la sala de espera de un aeropuerto. Sin embargo, incluso ahí estoy completamente aislada de todo: la soledad me cobija y aunque haya ruido o gente caminando a mi lado, pasan a segundo término, como si entrara en una dimensión propia en donde únicamente existimos mi escritura y yo.  Por eso disfruto más leer y escribir estando a solas.

Sin embargo, la soledad es temida y no a todos les gusta su silenciosa presencia.  Existen personas a las que la ansiedad las aprisiona cuando se encuentran solas en casa. Se ponen de inmediato a chatear, a hablar por teléfono con alguien o encienden la televisión a todo volumen aunque no la vean. Estoy hablando de esa soledad que eliges vivir, no de la que llega como consecuencia de conflictos en nuestras relaciones humanas, o que la origina un problema emocional grave o un evento traumático.

Hay una soledad que se trata de disfrutar de la presencia de uno mismo, de escuchar tu respiración y sentirte en paz; de leer, comer, escribir y gozar detalles cotidianos de nuestra existencia en compañía de nuestro propio ser. Es un disfrute. Tal vez por pensar así es que elegí mi camino como escritora.

Es curioso, pero el gusto por estar con uno mismo es todo un arte. Y una aventura también.  Estando a solas conectas con tu creatividad, con tu paciencia, con tu voz interior, y con más claridad puedes reflexionar con más claridad acerca de los mensajes que pululan por tu mente. Puedes acariciar tu conciencia e incluso charlar contigo mismo.  He encontrado muchas respuestas estando a solas en mi casa, o en la habitación de algún hotel.

Para mí, escribir es un trabajo solitario, pero no me siento sola. El placer que siento al estar en contacto con las personas, conviviendo o escuchando sus historias, que después serán decantadas en mis letras, es el mismo que siento estando a solas con una página en blanco. He de confesar que mi familia y amigos ya conocen mis síntomas cuando entro en “trance”, así que no necesito pedirles privacidad, ellos ya saben que tienen que apartarse ¾aunque estén en casa¾  porque  Rayo la que escribe necesita a doña Soledad para trabajar mejor.

Dejé de temerle a la soledad hace mucho tiempo. Me gusta viajar sola, comer sola, ir al cine sola, y escribir a solas.  Disfruto igual que estando acompañada.

Caminando sola por París he descubierto rincones de esa ciudad que seguramente no habría encontrado caminando acompañada, porque mi percepción del mundo y lo que me rodea es distinta estando a solas.  Fluyo a mi ritmo, escucho mi latido y pongo más atención a mis pensamientos.

Concebir a la soledad como algo triste o indeseable ya no va conmigo.  Estar solo es estar con uno mismo. Y si te gusta tu propia compañía, es que te valoras y te amas. Considero que una dosis ocasional de soledad es benéfica para la autoestima. Asociar siempre la soledad con el vacío o la tristeza ya no va conmigo. Prefiero relacionar mi soledad con la creatividad, la inspiración, la reflexión y la paz interior.

Estar a solas es experimentar una libertad única, en ese espacio y momento en el que solo mis ojos me perciben y puedo ser yo y no hay juicios.  Las oportunidades que a veces nos da la vida de quedarnos solos ¾después de una ruptura amorosa, de un distanciamiento amistoso, o de un conflicto familiar¾, también pueden ser lapsos de vida que vengan a mejorarnos como seres humanos, a pesar del dolor que esta experiencia lleve implícita.

No es lo mismo estar solo que sentirse solo. He experimentado momentos en los que me he sentido sola a pesar de estar rodeada de personas. La experiencia de la soledad tiene sus matices, y más en la vida contemporánea, porque muchos dicen “paso mucho tiempo solo”, pero en realidad están conectados a sus redes sociales y a final de cuentas interactuando con otros seres humanos, chateando o compartiendo contenidos.  Para mí esa experiencia no es estar a solas. Estar a solas es estar conmigo. Y estar conmigo me gusta.  Creo que para que algo emane de tu interior primero lo tienes que vivir tú mismo y luego trasladarlo al otro. Creo que en nuestros momentos de soledad valiosa nos transformamos en mejores individuos para relacionarnos con los demás.  El placer de estar con uno mismo y de realizar tareas sin compañía nos prepara mejor para que estemos con otros, disfrutemos lo que compartimos en sociedad. Una caminata por un bosque, la inmersión en un buen libro, escuchar música, correr, hacer meditación, escribir, y muchas actividades más, pueden ser maravillosos momentos si sabemos estar con nosotros mismos. La soledad que elegimos para crear o crecer es un estado de autoconocimiento y libertad interior. Para mí es la compañera perfecta para escribir.

LA MANO

LA MANO

Chano, el brujo, tomó la mano derecha de su amada entre las suyas. Esa mano que le conoce todos y cada uno de los rincones del cuerpo pero que siempre se le escapaba a la lectura. Blanca, frágil, con dedos largos y espigados. Uñas recién limadas y sin padrastro alguno. Primero observó la línea de la vida. Era tan corta y débil que explicó los dolores frecuentes en el bajo vientre que hacían correr a Marianela a la sala de urgencias del hospital más cercano para mitigarlos. Nunca se dejó sanar por Chano. “Tú no eres un brujo, Chano; tú eres un ángel”, le decía su mujer cuando él salía de casa rumbo a su chamba. Después observó la línea del destino y la escasa profundidad sobre su piel. Comprendió entonces por qué Marianela siempre vivió como veleta, dejándose llevar por los días, entregándose al destino. Ella se carcajeaba cada vez que Chano le proponía planear mejor el futuro. “Vive el hoy”, le susurraba al oído mientras le besaba la sien. La línea entre el pulgar y el dedo índice era profunda, emergía de su mano casi transparente reafirmando la marcada inteligencia de su amada, sobre todo cuando se trataba de hacer realidad sus caprichos. La línea del Monte de Venus le habló de la sensibilidad y capacidad creativa de su mujer. El hundido Monte de Marte le reveló su explosividad y su lado cobarde. ¡La conocía tan bien! Las lágrimas de Chano se confundían con las líneas de la mano de Marianela, escurrían por sus Montes de Mercurio y de la Luna y entre sollozos miraba la línea del corazón, astillada y con interrupciones que le recordaron los amores complicados que vivió antes de toparse con él. Cuando observó la línea del amor, sonrió porque solo pudo leer una relación amorosa manifiesta y breve. La suya, la de ellos.  Colocó la mano de Marianela sobre el rígido pecho y cerró el ataúd.

CUALQUIER HISTORIA MERECE SER CONTADA

CUALQUIER HISTORIA MERECE SER CONTADA

Cuando las personas se me acercan y me comentan que no tienen ninguna historia interesante para contar, yo definitivamente no les creo. Estos siete años en que he escrito libros inspirados en historias reales me permiten afirmar que he escuchado y leído vivencias de todo tipo. Todas  y cada una tiene un ingrediente especial. No importa si hablan de asuntos domésticos y cotidianos o de grandes hazañas, lo que yo considero importante es el hecho de contarlas. Sé que por alguna razón específica esa persona ha decidido narrarme algún episodio de su vida.  Hay quienes a veces me dicen: “¡Ay, eso es equis!, ¿eso qué?” Yo les respondo que toda historia vale la pena ser contada. ¿Por qué? Porque todos estamos hechos de historias. Breves o largas, intermitentes o permanentes. El secreto de mi entusiasmo al afirmar esto radica en la manera que tengo de escuchar o de leer lo que la gente me comparte. Tal vez por encima pareciera que alguien me está narrando un simple y rutinario día, pero en realidad esa persona utiliza palabras o tonos de voz que revelan lo que hay en su mundo interior al momento de compartirlo. Por ejemplo, debajo de un relato sobre cómo una mujer prepara el café por la mañana, después lleva sus hijos a la escuela y más tarde camina entre los pasillos de un supermercado hay meta-relatos, es decir historias danzando debajo de esas descripciones que revelan pasiones o falta de ellas, temores o atrevimientos, soledades o ilusiones. El secreto está en poner atención a lo que el otro dice y cómo lo expresa. Otra manera de descubrir historias maravillosas en cualquier persona es por medio de la formulación de preguntas que no sólo demuestren que se está prestando atención sino que además permitan escarbar más en la experiencia que se nos comparte. Así he descubierto joyas hechas de pedacitos de vida. Por ejemplo el personaje de Lucita en Regalos para toda ocasión, que de entrada parecía llevarme únicamente a la narración de una abuela que habla de sus domingos asistiendo a misa pero que termina en un relato revelador y  conmovedor. O  “El sapo que ama la luna”, en mi libro Tú princesa y yo sapo, que parecía un relato más de un hombre al que le ponen el cuerno —tema tan trillado— y que termina siendo una historia que nos lleva por el mundo emocional de un varón que sigue enamorado a pesar de la traición. El cómo siempre será el gran escenario para conectar con el otro: cómo escuchamos, cómo interactuamos, cómo nos mostramos ante el otro para generar confianza y empatía. Algún día una chica me escribió en mi página de Facebook y comenzó así: “Rayo, tal vez mi historia no te interese, no tiene nada de especial, pero necesito contarla”. Y eso es lo importante, su necesidad de contarla, de hacer catarsis y de abrirse.  Desde que leí eso, estuve segura de que era una historia valiosa y así fue. Quedó plasmada  entre las líneas de mi libro Cuando mamá lastima.

Todos escribimos un capítulo en el libro de nuestra existencia cada día.  Hay capítulos que hemos borrado pero que siguen en la no palabra, en la no letra, ahí donde solo se accede a través del recuerdo. También de esas historias estamos hechos. De lo que hemos olvidado, de lo que hemos eliminado de nuestros discos duros. A veces solo basta un poco de empatía para tener acceso a esos archivos.

Yo agradezco de manera infinita la confianza que me tienen mis lectores y seguidores para permitirme el acceso a los archivos de sus vidas. Mientras tanto seguiré escribiendo, inspirándome en cada ser humano que me cuente su historia porque, repito, todas las historias merecen ser contadas, el secreto está en cómo se cuenten.  Además, tengo muy claro que si alguien me cuenta algo, es porque necesitaba decirlo, y si alguien necesita expresar algo es por alguna razón. Como dijo Giovanni Papini, escritor y poeta italiano:

Si un hombre cualquiera, incluso vulgar, supiera narrar su propia vida, escribiría una de las más grandes novelas que jamás se haya escrito.

DURMIENDO CON OTRO

DURMIENDO CON OTRO

REGALO 10

Para cuando una mujer duerme con el hombre equivocado

Durmiendo con otro, soñando contigo. Así son mis noches y ni me preguntes de los días, porque también acostumbro soñar despierta. Hoy se cumplen dos años de aquel adiós en esa tarde lluviosa de noviembre. En un día de muertos fue cuando se murió nuestra historia. No sé si me recuerdes con la misma intensidad que yo lo hago, pero me gusta pensar que sí. Me gusta mandar a mi mente de paseo por aquellos momentos en que éramos solo tú y yo. Nadie más. Todavía recuerdo cómo nos conocimos. Te inscribiste a la clase de gramática que yo impartía en la universidad. Llegaste tan limpio, perfumado y con tus jeans rotos por la moda, con tu mochila al hombro y con esa camiseta azul ajustada a tu torso sin barriga. Perdona que menciona tu ausencia de barriga, pero a mis años eso importa. Yo pasando los cuarenta, tú en mitad de los veintes. Los años de diferencia no importaron para que a los pocos minutos tu mirada y la mía se engancharan y me quedé ahí, suspendida en el verde de tus ojos.

Esa noche llegué a casa y me desnudé frente al espejo. Mi vientre flácido, mis piernas acariciadas por la celulitis y mis senos apuntando hacia el piso. A pesar de ser delgada, el paso del tiempo y la ausencia de ejercicio no ayudaron a que todo se quedara en su lugar y cómo me pesó reconocerlo. Desde que me divorcié inconscientemente clausuré mi cuerpo y dejé de verlo, de cuidarlo. Después de separarme de Rafael, me puse un envoltorio transparente sobre la piel, uno igual al que le ponen al pollo en el supermercado. Sí, uno de ese plástico delgado que se adhiere y que no deja pasar nada. Y nada pasaba en mi vida ni en mi mente, hasta que apareciste tú.

Cuando te vi levantar la mano en el estacionamiento de la universidad, pidiéndome un aventón, mis piernas temblaron y mis manos sudaron de manera estúpida. Me ponía nerviosa tan tenerte cerca. Te subí y te llevé. Mejor dicho, me subiste a una nube y me llevaste a tu cielo. No sé cómo, pero terminamos comiéndonos a besos en la sala de mi casa y fue el inicio de algo que sería una costumbre: hacer el amor en el sofá de Rafael. Todavía recuerdo cuando le dije: «Rafa, si quieres llévate tu sillón de piel que tanto te gusta». No quiso cargar con él, dijo que estaba viejo y que ya no servía para nada. ¡Ja! ¡Igual que yo! Vieja y que no servía para nada. Así me sentía antes de que tú le dieras uso al sofá … y a mi cuerpo.

Me compré ropa nueva, me inscribí en el gimnasio. Visité a la manicurista y a la peinadora. Comencé a escuchar a Shakira y dejé de lado a Camilo Sesto. Rejuvenecí en tus brazos.

¿Cómo te voy a olvidar si te has quedado en cada rincón de mi casa? Tu fantasma deambula por todas partes. Si entro a la ducha, recuerdo tus caricias bajo el agua, cuando me tomabas por la espalda. Si paso a la cocina, te veo encima de mí sobre la mesa, tirando platos y cucharas al piso pasa que no te estorbaran en el momento del ataque. Con casi cuarenta, casi me quedo contigo para siempre. Casi. Sigue el «pero».

Pero una mañana de mayo, recibí una llamada inesperada. Era Flavio, mi amor de adolescencia. Aparecía de la nada, de regreso a la ciudad, divorciado y con deseos de verme. Acudí a la cita y cuando me preguntó: «¿Sales con alguien?», tuve que responder lo que ya era costumbre: «No».

¿Cómo decirle a Flavio y a los demás que estaba enamorada de un hombre más de diez años menor que yo, que era mi alumno en la universidad y con el que tenía el sexo más maravilloso de mi vida? ¿Cómo decirle eso que tú y yo decidimos guardar en secreto?

Muchas veces hablamos de decirle al mundo lo nuestro, pero cada vez, la cordura tocaba a la puerta y nos recordaba que no era correcto. Razones sobraban, la primera tu novia. Esa cándida chica veinteañera que visitabas cada fin de semana, con la que ibas al cine y cenabas en casa de tus padres. Esa chica a la que le habías prometido matrimonio. La segunda, mi hijo. Ese muchacho de veinte años que estudiaba en otra ciudad y que venía a verme cada fin de semana, ese hijo que me creía incapaz de algo indebido. La tercera, porque te amo, y jamás permitiría que pasaras el resto de tus días cuidando a una vieja, procurando a un hijo de otro. Tú eres joven y apenas empiezas a escribir tu historia. Mi historia ya iba en el segundo tomo.

Así las cosas, me hice de un novio de mi edad. Flavio es un hombre atento, respetuoso, responsable y comprensivo. Diferente de Rafael y por su edad pudiera ser tu padre. Sus canas y arrugas en la frente lo hacen interesante, pero tiene barriga. Esa barriga de televisor y de señor que ya ha sido casado. Nada que ver con tu torso de lavadero, su olor es muy diferente, es olor a viejo.

A pesar de mi nueva relación, nuestros encuentros clandestinos continuaron. «Eres secreto de amor», canta Joan Sebastian y yo canto con él. Tres veces por semana a mediodía mi casa se convertía en un campo de deseo. Por las noches me sentaba en salón de té en donde entre charlas y velas recibía a Flavio.

Una noche Flavio me dijo que no se iría, que quería pasar la noche conmigo. Lo demás se vino rápido. Un «¿Quieres ser mi esposa?» y un «Sí, acepto». Cuando me preguntabas ¿A quién prefieres? ¿A Flavio o a mí?, yo te contestaba: Flavio es para mí la Tierra, tú eres para mí el Cielo.

Y como tenía que poner los pies sobre la Tierra, me casé con Flavio y comencé otra historia. Tus lágrimas, tu furia, tu impotencia y tu cariño los guardo en cada centímetro de mi piel. Habitas en mí, te sueño a mi lado. Tuve que elegir entre el ímpetu de tus caricias y la serenidad de un compañero. Pero cuando vas caminando hacia los cincuenta te das cuenta de que la compañía es un valioso tesoro y no quería estar sola en la ruta final de mi existencia. Y tampoco quería hacerte esclavo de mis años, hubiera sido injusto que vieras el mundo a través de mi mirada. Tienes derecho a tener hijos, una esposa joven y a construir un futuro lleno de buenas noticias. Yo ya no soy noticia, yo ya soy historia.

Tus dolores eran por lesiones deportivas. Mis dolores eran por lesiones de por vida. Tenías una cicatriz que te hiciste jugando soccer. Yo tengo una cicatriz de la cesárea. Tú te compras el Ipod de moda y yo lo compro para mi hijo. Tú me hacías el amor para recibir sexo, yo te daba sexo para recibir amor. Dos destinos que se cruzaron cuando eran paralelos.

El agua volvió a su cauce. La cordura venció a la pasión. Ese adiós tómalo como el último acto de amor que te regalo. Te saqué de mi vida para meterte en lo más profundo de mi corazón.

Ahí habitas conmigo, mientras yo habito con Flavio. A veces despierto en la madrugada y te busco en mi cama. Pero solo está Flavio roncando. Me levanto, entro al baño y me miro en el espejo y me digo: «Estás durmiendo con el hombre equivocado».

Es el hombre equivocado pero la historia correcta.

 

Capítulo del libro “Regalos para toda ocasión”; autor Rayo Guzmán. Si te interesa adquirir el libro dale click al siguiente link  o sigue este link

 

 

 

LA MUJER DE CENIZA Y EL HOMBRE QUE NO PODÍA ESCRIBIR

LA MUJER DE CENIZA Y EL HOMBRE QUE NO PODÍA ESCRIBIR

Capítulo 2

Si desde antes de nacer se pudiese elegir la familia, el color de piel, los talentos, la posición social, las cualidades y los defectos, Amanda habría elegido todo diferente. Habría escogido una madre entregada al cuidado de los hijos, un par de hermanos varones mayores que la protegieran de otros chicos y que la acompañaran a los bailes de la secundaria, un padre dedicado a la contaduría con horario laboral de ocho horas para tenerlo en casa por las tardes y disfrutar su compañía sentada a su lado frente al televisor. Tal vez hubiera preferido ser bajita y regordeta. Pero el hubiera no existe y la historia de Amanda es muy distinta de la que imaginan todos los que la observan caminar por la calle. Si la belleza fuera fuego, el cuerpo de Amanda estaría envuelto en llamas. Si el pasado se clasificara por colores, el de Amanda entraría en la escala de grises. Como mientras se respire se presume de estar vivo, ella respira y finge tener una vida. Con sus largas y estilizadas piernas recorre las calles de la ciudad robándose las miradas de deseo de los varones y las miradas de envidia de otras mujeres. Sus pasos altivos, de modelo en pasarela, no denotan el dolor de sus aspiraciones truncadas ni de sus miedos crónicos. No dejan ver ese caparazón tejido con astucia para repeler los posibles aguijones que encaja una vida de carencias, ausencias y penumbras.
 Da vuelta en la calle de Donceles y ubica la dirección que le anotó su amiga Hilda en una servilleta de papel. Sube la angosta escalera hacia el tercer piso y toca en la puerta que ostenta el número 301. Es un edificio antiguo remodelado de manera suntuosa y modernista en su interior. La madera, la piedra, el cristal y el acero conviviendo en sus finos acabados. La recibe una mujer, de esas que esconden la edad detrás de un rostro inyectado con bótox, enfundada en un traje sastre azul turquesa, quien la saluda con amabilidad ensayada y la invita a pasar al amplio piso que ocupan las oficinas de una editorial.

—Eres más hermosa que en fotografía —afirma la dama señalando un sillón de piel oscura.

Amanda sonríe y deja caer su uno ochenta de estatura en el mueble; cruza sus largas piernas y con el bolso en el regazo espera instrucciones.

—Me llamo Martha. Nuestra directora editorial, la doctora Mercedes Ortiz, te atenderá en unos minutos —le dice y regresa a su escritorio.

¿Por qué aceptó ir a esa cita? Por desesperación. Por desamor. Por impulso. Porque se siente perdida y sin brújula. Porque no tiene otra puerta que tocar. Los últimos tres mil pesos que le quedaban los ha utilizado para cubrir la renta de un cuarto compartido en la colonia Narvarte, después de que Julio la corriera de su departamento. Hilda es la única amiga que conserva desde la adolescencia, y de las pocas personas de su pasado con las que mantiene contacto. No tuvo otra opción que acudir a ella buscando un consejo, una sugerencia, y ahí está. Sentada en esa oficina del centro, esperando a que alguien le explique de qué se trata la oportunidad laboral para la que, según Hilda, no existía mejor candidata que ella.

—La doctora te recibirá ahora mismo —la voz de Martha la sacó de sus airados pensamientos.

Amanda se puso de pie y siguió a la secretaria. Entró en una oficina amplia y con grandes ventanales. La apariencia de la persona detrás del escritorio le sorprende. Es una mujer mayor, sesenta, tal vez sesenta y cinco. El cabello corto, color rubio cenizo. Sobriamente vestida con blusa amarilla y saco blanco; porta un enorme anillo de plata sobre el anular de su mano izquierda. Tiene los codos sobre el escritorio y la observa con una sonrisa cálida. La saluda de mano y la invita a sentarse. Amanda se da cuenta de que tiene en su lugar varias fotografías.

—Sí, son tus fotos —le dice la doctora—; precisamente estaba viéndolas por enésima vez. Hilda ha sido muy amable en hacérmelas llegar hace un par de días.

—Espero que le hayan sido de utilidad. ¿De qué se trata el trabajo?

—¡Vaya! Pues al grano, como decimos, veo que estás impaciente por saber por qué nos hemos interesado en ti.

—Disculpe, no quise ser imprudente —responde Amanda para disculparse de su intempestiva intervención.

—Primero quiero conocerte más, ¿te parece? —continuó la doctora—. Puedes llamarme Mercedes. Si nos llegamos a entender, conmigo no necesitarás formalismos, soy doctora en derecho pero llevo muchos años dedicada a la industria editorial. Manejamos las carreras de varios escritores muy famosos, con obras traducidas a varios idiomas y galardonadas con valiosos premios.

—Pero yo no sé escribir ni tengo experiencia en nada parecido, me he dedicado a… otras actividades muy diferentes —respondió Amanda con la confusión pintada en el rostro.

—Lo sé, Hilda me comentó que te has enfocado en pasarelas y venta de ropa, pero eso no importa. Cuando escuches mi propuesta, verás que no necesitas conocimientos editoriales para colaborar con nosotros.

—Lo siento, continúe —respondió al tiempo que se preguntaba qué demonios le habría contado Hilda sobre sus actividades anteriores.

—Pues bien, tenemos un problema con uno de nuestros escritores más importantes. Sus números de ventas son altísimos. No sé si has escuchado hablar de El rumor del viento o de Calle sin esquinas, son dos novelas suyas que han reportado ventas millonarias.

—He leído La calle sin esquinas, .. ¿Agustín Montemayor?

—Augusto Montemayor, sí. Él es de quien quiero hablarte. Augusto debe entregar su próxima novela en tres meses pero ha perdido el ritmo. Tenemos ya contratos de ventas firmados por anticipado y a nuestro escritor estrella se le ha ido la inspiración. Lleva más de un año frente a la página en blanco y ha caído en un vacío creativo.

Amanda se sintió sorprendida e incómoda. No alcanzaba a digerir lo que estaba sucediendo. Pensó en lo ilusa que había sido al acudir a esa entrevista en la que se percibía fuera de lugar. Hurgó entre sus limitados conocimientos literarios intentando encontrar un comentario útil para salir bien librada del encuentro. Durante la adolescencia adquirió el hábito de la lectura gracias a la influencia de la madre de Hilda, quien la puso en contacto con obras como El diario de Ana Frank, El principito, El llano en llamas y Platero y yo. Alguna vez vio en la televisión un documental sobre la vida de Gabriel García Márquez y otro más sobre la exitosa trayectoria de Stephen King. Los dos, autores cuyos estilos eran de su agrado, pues había leído algunos de sus libros. Recordó la trama de una película en la cual un famoso escritor encuentra por azar el texto de un autor desconocido y lo publica como si hubiese sido propio. Se acordó de otro filme en el que un viejo y reconocido autor de novelas de acción se queda sin inspiración y le contratan un par de jóvenes literatos para que escriban en su lugar. Esforzándose por no parecer tan ingenua ante los ojos de la doctora preguntó:

—¿Y un “escritor fantasma”? He sabido que muchos autores los usan.

—¡Vaya que eres lista, niña! —exclamó la doctora, al tiempo que lanzaba una carcajada—. Ya le hemos planteado eso, pero Augusto preferiría abandonar la literatura antes que permitir algo semejante. Va en contra de sus principios.

Amanda escuchaba con atención; sin embargo, seguía sin entender las intenciones de su interlocutora. Sintió deseos de darle las gracias y salir de ahí de inmediato. La incomodidad del momento crecía a la par que su curiosidad. Lo primero la empujaba hacia la puerta y lo segundo la mantenía inmóvil. Sus expresivos ojos lanzaron una mirada de duda a Mercedes, quien continuó la explicación.

—Le hemos mostrado fotografías de varias chicas. Tú sabes, modelos, actrices, deportistas… de todo con tal de encontrar a alguien ideal para lo que necesita Augusto. No ha sido tarea fácil. Debes entender que lo anterior hay que llevarlo a cabo con suma discreción. Se trata de un proceso cauteloso y desesperado a la vez. Hemos presentado múltiples propuestas al artista, una labor ardua y complicada. Sin embargo, cuando miró tus fotos dijo: “La quiero a ella. Ella es la que puede desempeñar mejor el trabajo”. Por eso te hemos llamado.

A medida que Mercedes hablaba, Amanda se iba sumergiendo en el fondo de su asiento. La pregunta “¿Por qué estoy aquí?” taladraba su pensamiento. La respuesta, “porque no tengo qué comer ni otra parte a dónde ir”, regresaba su atención hacia la doctora Ortiz.

—No sé qué puedo desempeñar tan bien como cree el señor Montemayor, pero no es mi medio, no creo estar capacitada para trabajar al lado de un escritor; le agradezco su interés pero pienso que no soy la persona adecuada —dijo por fin.

—¡No digas que no tan pronto, muchacha! —replicó insistente Mercedes—, reconsidera tu respuesta. Quisiera poder decirte que te tomes tu tiempo, pero, por desgracia, el tiempo es el enemigo número uno de nuestro escritor. Te acabo de mencionar que le quedan tres escasos meses para presentar su nueva obra, y además aún no he terminado: ¿no te interesa conocer el lado económico del asunto?

—Necesito trabajo y también dinero, pero soy honesta cuando digo que no me siento a la altura de semejante tarea —señaló con firmeza Amanda, al tiempo que intentaba ponerse de pie.

—¡Siéntate! —ordenó la doctora, obligando a la chica a regresar a su lugar—. Dame unos minutos más. Lo que te propongo no implica un trabajo indecoroso o indecente. No harás nada que no quieras. Lo único que desea el escritor es convivir contigo durante tres meses. Una forma poco usual de encontrar la inspiración perdida en su vida a través de la vida de otro ser humano. Convivencia. Nada que afecte tu integridad.

Amanda respiró hondo, bajó la cabeza y observó las uñas de sus manos pintadas de nácar. Contempló sus zapatos desgastados y recorrió con su mirada el pulido piso de madera del despacho. Recuperó un gramo de audacia y expresó:

—Está bien. Permítame pensarlo por unas horas. Esta misma tarde le daré una respuesta. Pero no me diga ahora cuál es la remuneración económica. Eso quiero saberlo después de haber tomado una decisión.

—¡Trato hecho! ¡No se hable más! Anda y consulta con tus adentros; espero tu llamada.

Amanda salió de la oficina y se dirigió hacia la Torre Latino, en el Eje Central y Madero. Entró en el edificio que durante muchos años fue el más alto de la capital mexicana. Subió al mirador y desde ahí contempló la interminable urbe. Interminable como la calamidad de su existencia. No había soledad más lacerante que la que le carcomía las entrañas. Ese sentimiento de desolación constante que la acompañaba y que la hacía sentirse sola cohabitando entre millones de seres. Deambuló por las calles del Centro. Entró en el histórico Café Tacuba para comer molletes, acompañados de un vaso de agua de sandía. Sólo eso le permitían comprar los escasos pesos de su bolsa. Hubiera preferido milanesa o enchiladas, pero constituían manjares inalcanzables para su economía actual. Mientras comía, en su pensamiento se desataba una tormenta por la cual no pudo saborear los alimentos. No había querido saber cuánto ganaría por aceptar tan misterioso empleo, pues temía que su necesidad económica la orillara a aceptar una ocupación que desempeñaría sin éxito. Se sentía sin aptitudes para enredarse en tareas inherentes al mundo editorial, escenario por demás desconocido para ella. Pero su pasión por la lectura le calentaba el pecho y le insertaba un buen presagio en el corazón.

La sorprendió el crepúsculo volviendo otra vez a la agencia editorial. El rostro de la secretaria se iluminó al verla. La condujo de inmediato hacia el despacho de su jefa.

—Me da mucho gusto que hayas regresado, Amanda —le expresó satisfecha Mercedes.

—Decidí venir en lugar de llamar, he tomado una decisión.

—Te lo agradezco, estas cosas son mejores frente a frente. Dime, ¿qué has pensado?

—Acepto.

—¡Así se habla! —exclamó jubilosa la doctora—. Ahora abordaremos los detalles pendientes. Hablemos de dinero. La paga es muy buena: un millón de pesos si propicias que el escritor termine a tiempo la obra.

Dicho eso, Mercedes dejó caer su espalda sobre el respaldo del sillón y entrelazó las manos sobre su regazo, observando la reacción de Amanda.

La chica no daba crédito a lo que acababa de escuchar. Nunca hubiera esperado una oferta tan generosa. No escondió su asombro ante los ojos de Mercedes, pero recuperó la compostura suspirando profundo. Como los enfermos terminales que ven pasar su vida en un segundo antes de morir, en un instante vio transcurrir la suya. Revivió las miserias de su infancia, el hambre en su estómago y los golpes en su cuerpo. Hija de una madre alcohólica, quien la concibió en una noche de inconsciencia en Playa del Carmen, durante un romance efímero de dos días con un turista danés y del que nunca jamás tuvo noticias, Amanda creció sin conocer siquiera el nombre del forastero que la engendró. La blanca piel de la hija le recordaba a la madre lo oscuro de su pecado y se dedicó a rechazar a la criatura desde su nacimiento. En las memorias de infancia de Amanda habitaban la soledad y el abandono. Una adolescencia cruel donde no tuvo cabida la ternura ni el consejo. Una madre alcoholizada que terminó loca y que murió una madrugada de invierno dejándola con sus catorce años recién cumplidos, cobijada tan sólo por la incertidumbre. La madre de su amiga Hilda se había compadecido de ella y le ofreció asilo durante algunos meses, suficientes para que Amanda se percatara de lo que la vida le había negado: un hogar, unos padres amorosos, unos hermanos, una familia. Salió de ese hogar prestado por la amistad, llena de gratitud, a enfrentarse sola a su destino. Su belleza fue su peor compañera, no pasó mucho tiempo para que se diera cuenta de lo fácil que era subsistir viviendo de su agraciado cuerpo. Estudió la secundaria al mismo tiempo que aceptó trabajar como edecán para una marca de cerveza. Lo que llegó después de semejante decisión fue una cadena de infortunios. Una violación por parte de un empresario cuando aún no cumplía los dieciséis. El rechazo de los parientes de su madre por no querer saber nada de la bastarda. El deambular por ambientes sórdidos, viviendo de noche y durmiendo de día. Acumulando deseos de morir dentro de su joven cuerpo que, para maldición suya, emergía en su esplendor sano y vigoroso, delatando la fortaleza de sus genes. Soportaba el frío y el calor, el hambre y el cansancio. A veces no entendía por qué seguían creciendo esos senos, alargándose esas piernas y ensanchándose esos muslos si apenas probaba bocado. Tal vez tenía una comida decente a la semana, cuando la invitaba algún empresario a comer o cuando sobraban pastelillos o canapés en los eventos y podía llevar algunos a su guarida. Recordó de cuántas casas la corrieron por no pagar la renta a tiempo. Cuántas mañanas despertó en moteles de paso acompañada de un cualquiera sin nombre que la hacía sentir también como una cualquiera cuando le dejaba un par de billetes sobre el buró. Nunca trabajó en la calle ni se paró en las esquinas, pero sí intercambió su cuerpo por algo de comida, a la sorda, en lo clandestino, disfrazando de ligue o de conquista ese intercambio de sexo por compañía, en ese intento constante de toparse con aquello que los demás llaman amor. Le hubiera gustado ir a la universidad y estudiar medicina. Aspiraciones truncadas por la miseria, el abandono y la falta de rumbo.

Después vio descender de sus recuerdos la imagen de Julio. Ese hombre que le prometió darle una vida y que casi se la arrebata en el intento por cumplirle. Ese hombre casado que la convirtió en su amante, que le puso un departamento en el norte, porque la esposa vivía en el sur. Ese señor respetable que con dos tequilas se convertía en un animal rabioso, celoso y violento; ese que casi la mata a golpes una noche en que no soportó verla platicar con uno de los hermanos de su amiga Hilda, al que se encontró por casualidad. Sí, esa noche casi la mata después de golpearla en el rostro, en las piernas, en el vientre; la arrojó semidesnuda a la calle y la corrió del departamento. Amanda muchas veces se preguntó para qué había nacido, muchas veces prefirió haber sido abortada o nacer sin vida.

A ella, que la miseria y la carencia la cobijaron desde el interior del vientre materno, le estaban ofreciendo un millón de pesos por realizar una actividad inesperada y misteriosa. Se rió de las ironías del destino, y en un pequeño arrebato de dignidad recuperó un poco de confianza. Como no pudo elegir a sus padres, ni su apariencia, ni una carrera, ni sus amores, pensando menos en el millón de pesos y más en la posibilidad de elegir por primera vez algo en su vida, optó por trabajar para Augusto Montemayor y, después de cerrar el trato con un apretón de manos con Mercedes, salió de la oficina pellizcándose los brazos para confirmar que estaba despierta. Que no se trataba de un sueño.

 

Capítulo del libro “La mujer de ceniza y el hombre que no podía escribir”; autor Rayo Guzmán. Si te interesa adquirir el libro dale click al siguiente link  o sigue este link

EL SAPO QUE AMA LA LUNA

EL SAPO QUE AMA LA LUNA

-Sí, Federico, es verdad, Ana Elena y yo somos amantes -afirmó Toño.

Me quedé en silencio mirando hacia abajo, esperando impaciente que el suelo se agrietara y yo me hundiera en el abismo. Pero nada de eso pasó. Ahí seguí frente a Toño, mi mejor amigo, escuchando la más cruel de las verdades.

-Puedes golpearme, me lo merezco, pero no puedo dejarla, Fidel, la amo -siguió diciendo Toño mientras abría los brazos y me ofrecía su pecho para que yo lo golpeara y me deshiciera de la rabia y la impotencia que me estaban invadiendo.

Seguí sin hacer nada y cuando vi que el suelo no se abría en dos para tragarme, decidí dar media vuelta sin siquiera mirarlo a la cara. Tres, cuatro pasos y me paré en seco; regresé a buscarle la mirada.

– Ámala como ella se lo merece, cabrón. A mí que me lleve la chingada -le dije a Toño, mirándolo fijamente a los ojos para de una vez por todas largarme de ahí con rabia y tristeza circulando por mi sangre.

Cuando en el pasado llegué a escuchar a otros hombres hablar del famoso «Sancho» me reía sin temor alguno. Escuchaba esas historias como ajenas a mi realidad posible y, obviamente, confiaba por completo en Ana Elena, mi esposa desde hacía más de doce años. Ella personificaba la decencia, la moral y la confianza plena que necesita un hombre depositar en la mujer a la que le entrega el sudor de su frente convertido en sustento, y el esfuerzo de su trabajo convertido en hogar. Y de Toño, mi mejor amigo desde la adolescencia, lo único que había recibido era apoyo, fraternidad, camaradería y complicidad de borrachos. Toño y yo compartimos muchas cosas durante nuestros veinticinco años de amistad… incluso la mujer.

Toño se casó a los veinticuatro años y a los dos años de matrimonio se divorció, convencido de que había cometido un gran error al casarse con Mónica para responder al embarazo imprevisto que surgió a los tres meses de noviazgo. Después de que nació su hijo Toñito, pensó mejor las cosas y le pidió el divorcio para entonces dedicarse a ser un solterón codiciado que triunfaba en los negocios y vivía para la conquista.

Se entrenó muy bien en este arte y hasta logró conquistar a mi mujer. Y yo que ni cuenta me daba.

Según mi poca cultura literaria, «Sancho» es la palabra que se usa en el lenguaje popular para llamar al que se regocija con la mujer ajena en ausencia del marido, y el uso picaresco de dicha palabra hace referencia al que se acuesta con una mujer casada y, para diferenciarse del «amante», debe cumplir con la condición de follar con la mujer en la casa en la que vive con el esposo.  No se valen acostones en moteles ni en campo abierto, debe cubrir con el requisito de coger a la mujer en la misma cama que lo hace el marido.

Toño era el «sancho». Se enredaba con mi mujer en mi propia cama, en mi propia casa. Entraba cuando yo salía. La amistad entre nosotros le otorgó el derecho de hacer eso y más. Mi amigo del alma se decidió por el amor de mi mujer y sucumbió a la tentación de comer de lo prohibido. Con amigos así no necesito enemigos. Pero también tuve que aceptar que el hombre llega hasta donde la mujer permite, y mi mujer permitió todo, se le metió a la cama y al corazón y yo no pude hacer nada. Los rumores se hicieron realidad y la duda confirmación.

-Lo siento, Fidel, no sé cómo pasó, pero lo amo -me dijo Ana Elena con ojos llorosos y voz firme.

Ante esa declaración de amor no pude más que admitir que había perdido a mi esposa. No le partí la cara a nadie, no maté a mi mujer. No hice escándalo alguno. Resolví con distancia lo que no quise resolver con golpes o balazos. Amo demasiado a Ana Elena y amo demasiado a mis dos hijos. No podía lastimar a la mujer a la que amaba y no podía hacerles más daño a mis hijos que el que nuestro divorcio les ocasionaría. No sé si fui cobarde o sensato, lo único que sé es que dolió y mucho.

Me fui de la ciudad, compré un departamento en el piso diecinueve de un moderno edificio en una recién fraccionada zona de la capital. Desde entonces y desde mi terraza observo la luna. Pienso que cada noche Ana Elena la observa, porque durante los tres años de nuestro noviazgo y los doce de matrimonio observar la luna era su ritual nocturno.

Cuando la luna no estaba, cuando se escondía de su mirada, ella me decía:

-Hoy no quiere la luna que la vea, tal vez está escondiéndome algo, Fidel.

Su afición a ver la luna me hizo regalarle un potente telescopio cuando cumplimos tres años de casados.

-Hoy se puso celosa, Fidel, ya se dio cuenta de que observo a las estrellas -me decía mientras escudriñaba el firmamento con el aparato.

Perdí a mi mujer, pero no a la luna.

Mi mes favorito es octubre, es cuando confabulan la posición de México en el hemisferio norte y la trayectoria que describe el satélite en torno a la tierra, y entonces el espectáculo nocturno se hace sublime. Luna de octubre, nostalgia de vida. Ausencia de luna. Ausencia de recuerdo.

Cada dos semanas veo a mis hijos, quienes crecen de manera inevitable y se están convirtiendo en adultos. Ana Elena vive con ellos y con Toño en una casa que compraron en Cuernavaca, en donde, por cierto, viven felices. Evito verlos lo más que puedo cuando voy a buscar a mis hijos. Me quedo en el auto y con señas de mano saludo y me despido. Creo que me he acostumbrado a ese doloroso recuerdo que me enterraron en la conciencia. Ya forma parte de mí.

Me he quedado con la luna, sus tamaños, formas y sombras. Es mi musa de consuelo y la luz de mi oscuridad. Porque pensar que Ana Elena la observa me ata a su recuerdo. Rompí fotografías, tiré ropa, regalos, y todo lo que me recordara a mi mujer. Pero no pude deshacerme de la luna, y en mi soledad le pongo limón a mi herida y la observo, sabiendo que ella la observa y que nos ilumina su luz.

Perdí a mi mujer, a mi familia, a un «amigo». Pero me queda la luna para recordarme que, aunque a veces pierde su luz en gran parte de su superficie, vuelve a reaparecer majestuosa, plena, entera y llena de luz. Quiero parecerme a la luna. En mis superficies oscuras es donde escondo mi dolor. Quiero que entre en mi corazón la luz del perdón. Pero aun no puedo, y observo a la luna noche a noche, en espera de que me enseñe, tarde o temprano, a estar otra vez completo y entero, como luna llena.

 

Capítulo del libro “Tú princesa, y yo sapo”; autor Rayo Guzmán. Si te interesa adquirir el libro dale click al siguiente link  o sigue este link